¿Dónde se graduó de juez? -Parte III-
«Hay una generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres.» Proverbios 30:14.
Te vamos a ahorcar y te exigimos que compres tu propia soga.-
«Danos el papel donde imprimiremos la sentencia en la que vamos a condenar a tu defendido ». En las inmediaciones de ciertos tribunales, el aire se vuelve pesado, denso, cargado de la más espeluznante bajeza moral de quienes los custodian. Es un ambiente terrorífico donde la justicia se prostituye con una pasmosa alevosía; donde el expediente no se ha leído bajo el principio de inocencia, sino bajo la convicción de culpabilidad, sin siquiera haber revisado las actas. ¿Paradójico, verdad? Existe una práctica macabra, propia de los escenarios criminales más oscuros, donde se obliga a quienes van a ser ejecutados a cavar su propia tumba con la pala que los mismos condenados o su familia están obligados a suministrar en una treta macabra del tribunal —de la juez o el juez malvavisco de Ghostbusters—. En este sistema judicial de la gigantesca impunidad de degradación espiritual, al hombre inocente se le aplica como fosa la ley que debería salvarlo, y se le cava el sepulcro con la pala de la falsa esperanza, manipulada por una pléyade de funcionarios con el síndrome Stephen Candie, que actúan bajo la directriz ignominiosa de un juez o una jueza de mirada cómplice, en pérfida colusión, alcahuetería y el celestinaje macabro de quien ostenta la magistratura. Quien juzga no es un espectador ajeno ni alguien que carezca de conciencia por desconocimiento; por el contrario, es él o ella quien dirige la orquesta de la degradación, en un claro ejemplo de la psicopatía narcisista con plena conciencia cognitiva pero sin conciencia moral, sin escrúpulos y sin experimentar culpas, sino en un claro ultraje cotidiano que se desarrolla bajo su mando, imponiendo y permitiendo deliberadamente que la institución se convierta en un matadero de ilusiones donde la ética es el primer cadáver que se arroja al foso sin contemplaciones.
Sepultureros de esperanza
Estos personajes son, en esencia, anatemas de sus propias almas, sepultureros de esperanza; operarios de una fosa común de ilusiones donde entierran la fe del abogado y del justiciable con una frialdad técnica que hiela la sangre. Son aquellos que, conociendo perfectamente la maldad intrínseca de las artimañas infames del juez o de la jueza —una bajeza aprendida, tolerada, aupada y dirigida—, se atreven a «pedir y a pedir, y a pedir» con el verbo imperativo de «se le solicita», y lo hacen con cara seria y una solemnidad fingida, indignamente exigiendo a la defensa técnica el papel sobre el cual imprimirán la sentencia condenatoria de su cliente. Con una frialdad criminal que aterroriza y congela los huesos, solicitan a la defensa técnica que «done» —una donación impuesta no es una donación— resmas de papel al tribunal, donde perversamente arruinarán la vida de un hombre inocente, generando la desgracia de una familia y la ruina de un ciudadano.........
