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Una cena en Betania

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En Betania, la pequeña aldea cercana a Jerusalén, había ánimo festivo y de asombro mayúsculo por el milagro de milagros que Jesús había realizado aquel jueves. La población se hacía lenguas con el prodigio que contaban un grupo de personas, muchas de ellas amigas de Lázaro y sus hermanas Marta y María.

-Nosotros no creeremos eso hasta que veamos a Lázaro, dijeron Elisheva y Josué, un matrimonio amigo de Lázaro que días atrás había asistido a los funerales del próspero viñador.

-Te juro que yo lo vi, dijo Betsabé, amiga del matrimonio incrédulo. Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro familiar (una especie de cueva cavada en roca y sellada con una losa) y Jesús ordenó quitar la losa y gritó con voz potente: “Lázaro, ven fuera”. Y vimos cómo Lázaro salía de su tumba todavía con las vendas mortuorias sobre su cuerpo.

-Es que no es posible, nosotros lo vimos muerto, dijo Elisheva, mientras su esposo asentía.

-Mira, esta noche habrá una cena en casa de Lázaro, María nos invitó a mi esposo y a mí. Ustedes también son amigos de ellos. Si quieren, vayamos juntos, propuso Betsabé.

-Vayamos, dijeron Elisheva y Josué.

Cuando llegaron a la casa de Lázaro, percibieron el aroma de cordero asado y aderezado con especias. Sobre la mesa, en cestas de mimbre, ya estaba el pan de cebada aún tibio, rodeado de aceitunas negras y dátiles dorados.

-Bienvenidos, amigos, exclamó María, mientras ungía con perfume de nardo los pies de Jesús.

En ese momento apareció Marta con un platón de cordero y detrás de ella su hermano recién resucitado.

-¡Lázaro!, exclamaron Elisheva y Josué mientras abrazaban a su amigo resucitado. -Nosotros te vimos muerto y vimos cuando te sepultaron… Esto es portentoso.

Y ambos, Elisheva y Josué, se postraron ante Jesús, le besaron los pies recién ungidos por María y sólo acertaron a decir: ¡Señor, Señor!

-Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en MÍ, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente, repuso Jesús imponiendo las manos sobre la pareja.

La Pascua estaba cercana, de modo que la cena transcurrió con espíritu de fiesta, acentuada por la milagrosa resurrección. Por razones obvias, el más feliz de todos era Lázaro, a quien cada higo, cada aceituna, el pan y el cordero le parecían lo más delicioso que había comido nunca.

Repentinamente, Lázaro, que había platicado con todos los comensales y brindado feliz con vino mezclado con agua, quedó en silencio, con la vista fija, mientras Jesús se despedía de Marta, María y los invitados. Quedó como hipnotizado y cuando Jesús se acercó a él, exclamó:

-Calma, Lázaro -lo interrumpió Jesús-, sé lo que te ha perturbado, pero no debes contar nada de lo que viste. Tú serás mi Ro‘eh Epískopos (pastor episcopal), apacienta mi rebaño… Por ahora pasará lo que tiene que pasar. Mi hora está cerca.

-Que mi Padre os bendiga, como lo hago yo, dijo Jesús en voz alta dirigiéndose a todos… y partió a su destino autoelegido.

PLUS DIGITAL: ¿QUÉ FUE LO QUE VIO LÁZARO?

Cuando se fueron todos los invitados y quedaron solos los tres hermanos, Marta y María le preguntaron a Lázaro qué le había pasado.

-Estabas feliz y hasta canturreabas algún salmo y repentinamente te quedaste un rato con la vista fija en la nada, expresó Marta.

-Estabas como hipnotizado, palideciste y pareció que algo veías, ¿qué era?, agregó María.

Y Lázaro rompió a llorar. -Jesús me ordenó callar, dijo y escondió la cara entre las manos.

Y entonces recordó haber visto a una multitud que gritaba y exigía: “Crucifícalo, crucifícalo” y luego vio a un hombre con el rostro ensangrentado, irreconocible, que arrastraba una gran cruz por las calles, hacia el Gólgota, en las afueras de las murallas de Jerusalén. Y luego vio tres cruces y en la de en medio otra vez al hombre del rostro ensangrentado.

Y entonces exclamó con furia:

-¡Malditos, tomen mi vida, tómenla y liberen al Justo!

Marta y María no entendieron lo que escuchaban, pero abrazaron a su hermano y lo consolaron, sin saber de qué.

Lázaro casi se convulsionaba y, repentinamente, otra vez, quedó inmóvil, con la vista fija. Y vio entonces un pez en la playa con el mar de fondo y recordó las últimas palabras que le dijo Jesús: “Ro‘eh Epískopos, apacienta mi rebaño” y se tranquilizó…

Años después, la isla Kýpros (hoy Chipre) tuvo un obispo sabio que había sido viñador y tenía fama de haber visto lo que hay en el más allá. Cuando murió, su tumba tuvo como epitafio:

“Lázaro, amigo de Cristo”.

POR EDUARDO R. HUCHIM 


© El Heraldo de México