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De nuevo a vetar y no a votar

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16.03.2026

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En cuatro años, cuando vuelva a haber elecciones, habremos agotado la tercera década de este siglo XXI, en el que ya he vivido un poco más de la mitad de mi vida. En la comprobación de que quizá me queden otros veinte, treinta a lo sumo, o cinco o uno, me deprime pensar que se me fue la vida al maldito vaivén de unas opciones extremas que se me impusieron y me forzaron a elegir sin fe, sin convicción, a ejercer más un derecho al veto que un derecho al voto, a escoger entre el cáncer y el sida cada cuatro años… a votar por “el menos pior”.

Los resultados entregados por la Registraduría el pasado 8 de marzo me reafirman en ese fatalismo porque en pocas horas quedaron barridas casi todas las opciones de centro, las moderadas, las que no comulgan con ningún extremo, y se arriesgan a fustigar, a denunciar, a llamar a cuentas a un bando y al otro. El Congreso que viene no tendrá la lucidez y responsabilidad de un Jorge Robledo, la constancia trabajadora de una Angélica Lozano, la franqueza valiente de una Katherine Miranda, la honradez sencilla y confiable de un Lucho Garzón; ese mismo día, personajes tan indispensables como Claudia López se quedaron sin espacio político; qué mal cálculo inventarse esa consulta absurda en la que se dejó contar sin ninguna excusa, hasta quedar en ridículo; movimientos ecologistas, indigenistas, de trabajadores, perdieron su personería jurídica. Todos ellos fueron orillados por las opciones más........

© El Espectador