menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

De Greiff, un genio singular

46 0
19.09.2026

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

Borges escribió que la mejor poesía aspira a la condición de música. En García Márquez encontramos una intuición semejante: hablaba de sus novelas como de composiciones musicales y llegó a decir que soñaba con escribir «una música sin una sola discordancia».

Pocos poetas encarnan esa aspiración con tanta plenitud como León de Greiff. En él, la música nace con las palabras y forma parte de su significado. Su poesía se entiende primero con el oído y solo después con la razón.

Basta con escuchar uno de sus mejores versos. Lo encontramos en el Relato de Guillaume de Lorges, uno de esos poemas poblados por personajes que parecen venidos…

Basta con escuchar uno de sus mejores versos. Lo encontramos en el Relato de Guillaume de Lorges, uno de esos poemas poblados por personajes que parecen venidos de una Edad Media soñada: aventureros, tahúres, blasfemos, juglares, tragadores de fuego, engullidores de sables, testigos del asno de Buridán, intrusos de la poterna…

Guillaume se presenta como «acontista» —oficio que consiste en lanzar azconas, dardos y virotes al aire—, jugador de dados con ribetes de asesino y ladrón de vasos sagrados. Luego, con esa mezcla de sacrilegio, humor y música que recorre su poesía, confiesa:

«Presumo haber en lontana ocasión hurtádome los vasos sagrados / de ya no sé qué iglesia, abadía o convento. / Creo que han sido mías varias esposas de Jesús, / cuyos votos de castidad y su amor al esposo divino / fueron plumas al viento / y golondrinas migratorias que soltaron su vuelo desde la Cruz».

La irreverencia se disuelve en la música y la imagen permanece. Lo que pudo haber sido apenas una provocación anticlerical termina convertido en poesía: las golondrinas abandonan la cruz tras el pecado y desaparecen en el cielo.

Tengo el privilegio de haber conocido su obra en mi juventud. Todavía hoy puedo hacer más soportables esos tiempos muertos que la vida nos impone recitando en voz baja el Relato de Ramón Antigua. Y todavía me emociona llegar al momento en que los viajeros parten de Otramina y, después de........

© El Espectador