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Los otros días El Tiempo publicó una columna en la que se llegaba a la conclusión de que sería necesario prohibir el vocablo “paz”. Cada quien tiene de él su propia comprensión, y su repetición en el espacio público revela una obsesión malsana.
El artículo no es particularmente malo; de hecho, es bastante más reflexivo de lo que hoy se oye habitualmente sobre la paz. Por eso, contrariamente a lo que plantea el autor, expresa de manera contundente la obsesión actual, simétricamente inversa a la que le molesta tanto: el ataque permanente y virulento a cualquier esfuerzo a favor de la paz, presente o futuro. Ella está alimentada por numerosos factores: incomprensión de lo que está en juego, la tendencia a pontificar sin haber estudiado mínimamente los problemas, efectos de manada acumulados, la intuición de que la mano dura hoy vende más que el “corazón grande”, la necesidad de denunciar a Petro y........
