Cuando el desierto deja de respirar
A veces el viento entra por la ventana de una manera pesada. No trae solamente polvo ni tierra. Trae bolsas atoradas entre los arbustos, olor a humo, basura arrastrándose sobre el pavimento caliente y ese aire seco que raspa la garganta al respirar.
Y yo me quedo viendo cómo todo se mueve afuera. Cómo las ramas tiemblan. Cómo el cielo se vuelve gris, aunque no haya nubes. Y pienso que algo está muriendo frente a nosotros mientras seguimos viviendo como si nada estuviera pasando.
Y lo peor es que no sé desde cuándo me acostumbré.
Me acostumbré a que el aire de Ciudad Juárez duela algunos días. A mirar el horizonte borroso. A que el calor se sienta menos como verano y más como una amenaza. A ver noticias sobre incendios, sequías, animales desapareciendo, mares llenos de plástico, y después seguir desplazándome en el teléfono como si mi cabeza ya no pudiera soportar otra tragedia más.
Como si el horror ambiental se hubiera vuelto parte del paisaje.
Y mientras todo eso pasa, aquí seguimos construyendo parques industriales como si el desierto no importara. Como si esta ciudad solamente existiera para producir. Como si el derecho a la naturaleza pudiera venderse. Como si alguien nos hubiera dado el derecho de someter la tierra a nuestro beneficio hasta dejarla vacía.
¿Quién decidió que el cemento vale más que respirar?
¿Quién decidió que una termoeléctrica puede consumir el aire de toda una ciudad y aun así seguir funcionando como si nada?
¿Quién decidió que Samalayuca puede convertirse en negocio, aunque eso signifique destruir de manera irreversible uno de los pocos espacios vivos que todavía le quedan a esta ciudad?
Pienso en el proyecto de Royal Caribbean y siento rabia. Porque no es solamente un proyecto. Es otra manera de decirnos que el dinero siempre tendrá más valor........
