Mi hijo, Spinoza y un sacerdote
Hace algunos años, después de muchas lecturas, reflexiones y dudas, concluí que debía creer en la existencia de Dios, no fue una decisión heredada ni producto de una costumbre familiar asumida sin cuestionamientos, llegó después de un largo proceso personal, en algún punto entendí que la razón explica muchas cosas, aunque existen preguntas que continúan habitando espacios donde la lógica por sí sola no alcanza a responderlo todo.
Tiempo después, durante mi examen de grado doctoral (historia que merece una columna aparte) ocurrió algo que fortaleció todavía más esa dimensión espiritual, me hice guadalupano, lo anterior, lo digo sin reservas, la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar importante en mi corazón, más allá de las creencias personales, representa una de las expresiones culturales y espirituales más profundas de nuestro país, para millones de mexicanos constituye refugio, esperanza y acompañamiento en momentos de incertidumbre.
Sin embargo, también he aprendido algo que considero interesante, las creencias no se transmiten automáticamente de padres a hijos. Podemos compartir valores, principios, ejemplos y tradiciones, aunque la fe parece seguir caminos propios, ignoro si ello representa una ventaja o una desventaja para las nuevas generaciones, lo que sí sé es que cada persona construye sus propias convicciones y recorre sus propias búsquedas.
Cuando cursaba el doctorado en una facultad de filosofía tuve la necesidad de adquirir algunos libros, como suele ocurrir con quienes desarrollan cierta obsesión por la lectura, los ejemplares comenzaron a multiplicarse en libreros, escritorios y cualquier espacio disponible de la casa. Llegaron........
