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Barras

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21.02.2026

Si alguien prestara atención a los cambios que vienen sucediendo de manera inalterable y constante en las ciudades españolas, se daría cuenta de que últimamente ... han desaparecido casi todos los lugares que fueron emblemáticos desde el punto de vista sentimental. Una ciudad no es sólo el conjunto de construcciones, calles, bulevares, avenidas, plazas, miradores, paseos marítimos, playas, rincones más o menos 'románticos' o 'acogedores', según la retórica habitual para captar adeptos o, simplemente, atraer al consumo urbano gente de paso y turistas más o menos convencidos de los motivos que ofrece la ciudad para pernoctar en ella y disfrutar dando un paseo breve, o largo. Una ciudad es también el conjunto de habitantes que diariamente trabajan, lloran y ríen, viven y mueren dentro de ese espacio, no tan limitado como se supone, porque las fronteras entre núcleos urbanos son cada vez más difíciles de definir, excepto en los mapas, donde está claramente señalado a qué ente o ayuntamiento pertenece cada sitio particular, para que no haya dudas en ningún momento.

El vínculo entre espacio y humanidad es casi siempre sentimental, o 'romántico', como se llama ahora a todo aquello que no se entiende desde perspectivas racionalistas, y porque el romanticismo tiene unas connotaciones agradables, de acuerdo con la sensibilidad actual, tan poco proclive a excesos imaginativos, y de otro orden también, excepto en las cuestiones políticas, donde la desmesura de gestos invalida cualquier intento de comunicación y concordia, donde el exceso de palabrería vana agita corazones, nubla el pensamiento, aturde la conciencia, y mueve a la inacción total o parcial.

Van desapareciendo las barras en los bares, y diría que, para algunos, es el signo del inevitable e irreversible declive que está sucediendo en las ciudades, donde la soledad de cada cual se viste con las alas del silencio, donde las alternativas al ocio, cada vez más numerosas, traen consigo el alejamiento de las pautas sociales tradicionales, la búsqueda de nuevos compañeros de actividades, esfuerzos añadidos y difícilmente comprendidos en un primer momento, la interacción en campos impensados, como el de la literatura, el ejercicio físico, la ornitología, las artes plásticas, por ejemplo.

Los bares sin barra se han convertido en refugios de solitarios, rendidos a la evidencia de esta realidad, donde el placer de la conversación ha sido sustituido por el destello de un teléfono móvil.

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