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Homo feminae lupus

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08.03.2026

Es un hecho que un crimen machista, con una mujer como víctima, tiene más repercusión mediática que el asesinato de un hombre. Cada año mueren asesinados en España más de doscientos varones y su muerte violenta apenas ocupa espacio informativo. Nadie guarda por ellos un minuto de silencio y ninguna autoridad lamenta la brutalidad de sus muertes. Casi tres mil hombres han sido violentamente asesinados en la última década. Y solo sus familiares más directos han derramado por ellos alguna lágrima.

Las mujeres, en cambio –y bien por ellas– han generado una respuesta social de repulsa y una ofensiva policial y judicial para combatir a sus asesinos. Los medios actúan como campana de resonancia de este tipo de delitos y se ha creado un sólido lenguaje contra la violencia machista y la violencia vicaria. La administración actúa contra hombres violentos que son denunciados y algunos terminan con pulseras telemáticas y órdenes de alejamiento. Se han creado juzgados especializados en este tipo de delitos. Se han dispuestos centros donde se atiende a las mujeres que denuncian, donde se les protege y ayuda. Pero, a pesar de ello, siguen muriendo asesinadas alrededor de medio centenar de mujeres cada año.

Más que fijarnos en el hecho de que se mata a mujeres el asunto se enfoca en por qué se mata. El sentimiento de propiedad de algunos varones sobre las mujeres. El asesino que dice «o mía o de nadie». O esa ya tristemente famosa frase: de la cárcel se sale, del cementerio no. Es eso que llaman heteropatriarcado. La herencia machista de miles de años de dominación y el absurdo sentimiento de posesión masculino de las mujeres.

Es innegable que a muchas mujeres las matan sus parejas. Que los hombres las agreden, abusan sexualmente de ellas o las violentan de todo tipo de maneras. Pero sobre esa realidad se ha construido un discurso que salpica a todo el género masculino. Para algunas mujeres, no es un tipo determinado de hombre el que asesina –el delincuente– sino «los hombres» en el más genérico sentido de la palabra, todos ellos asesinos potenciales. Lo que nos ha llevado a leer titulares en un periódico tales como este: «¿Por qué no hay un hombre normal?». ¿No existe de verdad un hombre que pueda ser considerado normal? No cuando todos ellos son presuntos asesinos. Lo corrobora el Gobierno «más feminista» en la historia de España. Uno en el que la familia política del presidente regentaba prostíbulos, un ministro elegía chicas en un catalogo por internet y un jefe de policía abusaba de una subordinada.

La lucha de las mujeres en el terreno de la igualdad social está ganada. No en la calle, sino en las universidades, en las administraciones y en las empresas. La igualdad plena no existe en ningún ámbito de nuestra vida, que es diversidad y disimetría. Los canarios no somos iguales a los vascos. Ni ganamos lo mismo. Pero no somos menos que ellos, porque tenemos las mismas oportunidades. La mujer posee hoy una independencia intelectual, profesional y económica que hace imposible comparar esta realidad con la de un pasado superado.

En el ámbito de la violencia específica contra la mujer y a pesar de todas las medidas políticas y jurídicas y el esfuerzo administrativo desplegado en los últimos años y las las campañas de concienciación, los delitos sexuales siguen aumentando en España. Las violaciones se han disparado un 288% en los últimos ocho años, pasando de 1.382 en 2017 hasta nada menos que 5.363 en 2025. Estudiar por qué está ocurriendo todo esto no es fácil porque el debate está acotado, por la izquierda, a los límites de lo políticamente correcto. Algo así como abominar del machismo, criticar la pornografía en internet y la falta de conciencia de las nuevas generaciones. Hay quiénes observan, preocupados, el incremento de este tipo de delitos cometidos por extranjeros educados en sociedades aún más machistas que la nuestra. Pero plantearlo se considera un discurso de odio de la ultraderecha, una criminalización de los migrantes (tal vez «hombres normales») y un intento exculpatorio del macho ibérico. Pese a que el análisis incompleto de un problema impide comprenderlo cabalmente, eso es lo que se hace.

Las mujeres, indignadas, dicen —hoy especialmente, en las calles— que hay que contener la violencia machista. Todos deberíamos sumarnos a esa causa justa. Por nuestro propio interés. Porque si un día conseguimos que los hombres dejen de matar mujeres, el siguiente paso será lograr que dejen de matar a otros hombres. Sería un mundo digno de verse. Aunque probablemente sea una utopía.

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