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Un cansancio ajeno

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Un cansancio ajeno. / Shutterstock

Compré en un mercadillo un espejo antiguo porque me gustó mucho su marco de madera, tallado a mano con motivos florales entre cuya espesura aparecían lagartijas y escarabajos y algún que otro insecto. Al llegar a casa, lo colgué en una pared de mi estudio y al mirarme en él vi mi rostro, aunque era no exactamente el mío. Había en su expresión algo residual, una especie de gesto que yo no estaba haciendo. Como si mi cara hubiera llegado un segundo tarde a su propia representación.........

© El Correo de Andalucía