Rubén Amón, el moderado que quiso ser moderadito
Me ha correspondido el título de moderado. Podía haber sido peor, desde luego, aunque me incomoda la solemnidad dinástica del epíteto. Rubén Amón el Moderado parece un rey de la Restauración, un infante enfermizo o el sobrenombre que los manuales de Historia reservan a un monarca que reinó poco y abdicó mucho. Yo hubiera preferido "moderadito".
Moderado conserva una cierta dignidad aristotélica, mientras que moderadito ya contiene el diagnóstico y el reproche. Es el equidistante, el tibio, el que encuentra siempre una posición confortable entre el incendio y el pirómano, no vaya a ser que tomar partido le estropee la reputación de hombre sensato. Alsina conoce bien el término porque lleva años administrándoselo como antídoto después de que quisieran administrárselo como veneno. Y Diego Garrocho hasta le ha dedicado un libro, reivindicando que la moderación puede exigir bastante más coraje que la militancia.
A mí Interior me ha ahorrado el diminutivo. Quizá sus entomólogos hayan detectado alguna ferocidad residual. O quizá "moderado" sea la categoría administrativa del moderadito, igual que las especies adquieren un nombre más solemne cuando entran en el catálogo. En cualquier caso, agradezco el trato. Podían haber escrito "equidistante", que es la manera contemporánea de acusar a un periodista de no odiar exactamente a quien corresponde.
Debo agradecer la indulgencia de los funcionarios que me han sexado. Podían haberme asignado a la extrema derecha, al antisanchismo profesional o a cualquier otra de las familias taxonómicas con que Interior organiza el ecosistema periodístico. Me han concedido la moderación. Y hasta podría pedir un certificado. "El abajo firmante hace constar que don Rubén Amón es........
