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El Madrid miserable y quinqui que Baroja retrató antes de ser capital global

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16.05.2026

Este no es un paseo agradable a la vista. Hoy recorremos un Madrid frío, sórdido, dickensiano… Un Madrid del que querríamos apartar la mirada, pero que fue el sustrato sobre el que creció la ciudad global que tenemos hoy. Es un viaje por la otra cara de la moneda, por el retrato crudo que Pío Baroja hizo del bajo fondo capitalino, de los suburbios, los golfos y los quinquis antes del propio cine quinqui. Fue Baroja, junto con Benito Pérez Galdós, el cronista por excelencia de todo lo que se ocultaba tras la bien fabricada memoria del Madrid castizo, señorial y, en cierto modo, algo artificial. Y al final de este viaje comprobaremos que para prosperar no hay que olvidar el lado oscuro de nuestra historia, por feo que nos parezca.

Pío Baroja llegó de niño a la capital desde el País Vasco y se instaló en un lugar emblemático: el viejo caserón de la calle de la Misericordia anexo al magnífico Monasterio de las Descalzas Reales, a un paso de la Plaza de Ópera.

El inmueble era conocido como la Casa de los Capellanes. Su familia había heredado el negocio allí instalado, una tahona que servía el afamado pan de Viena. Así que, si no lo has adivinado aún, la actual Viena Capellanes nació aquí, con los Baroja, según la historia oficial de la casa. Esta circunstancia obligó al escritor a aprender el oficio de panadero, pero a la vez le permitió tener relaciones “con gentes y casas de toda índole (…) desde las dependencias del Palacio Real a los figones más sórdidos de la Corte”, como escribiría después su sobrino Julio Caro Baroja.

Y cuando por fin se decidió a escribir, el literato tuvo claro qué parte de la sociedad quería retratar: no el Madrid aburguesado y amanerado de los señoritos, el chotis y las zarzuelas, sino el de los randa, los trabajadores precarios y los arrabales, el de la violencia y el desamparo de las gentes a las que nadie quería mirar.

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