menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Crédito privado: tres problemas y una solución común

5 0
02.04.2026

El crédito privado, que en apenas una década ha pasado de ser un nicho a convertirse en uno de los pilares de la financiación empresarial global, atraviesa su primera prueba de estrés seria. El detonante ha sido la disrupción que provocan los agentes de Inteligencia Artificial en muchas empresas y sectores. Las dudas de los inversores respecto a la capacidad de las empresas para devolver estos créditos han provocado una estampida. En esta tesitura, los fondos de deuda privada que prometieron liquidez periódica a sus inversores han empezado a cerrar las ventanas de reembolso. Gestoras como BlackRock, Apollo o Morgan Stanley han restringido salidas en sus vehículos semilíquidos, y el nerviosismo se extiende a todo el ecosistema del crédito alternativo. Los problemas que genera esta crisis se agrupan en tres categorías: iliquidez, contracción del crédito y contagio. Pero las soluciones, aunque exijan voluntad política y regulatoria, también son conocidas.

El primer problema es el más visible. Los inversores que entraron en productos semilíquidos —fondos con ventanas de reembolso periódicas— descubren que no pueden recuperar su capital cuando lo necesitan. El cierre de ventanas en unos fondos ha provocado un efecto estampida en otros similares: si mi competidor ha cerrado, ¿cuánto tardaré yo en verme obligado a hacerlo? El resultado es una profecía autocumplida en la que la desconfianza genera las salidas que justifican la desconfianza.

La solución a este problema es relativamente sencilla: hacer líquido lo ilíquido. Existen fondos de deuda privada que, teniendo en cartera el mismo tipo de activos que los que han cerrado a reembolsos, no generan el mismo problema a sus inversores. ¿Por qué? Porque ofrecen otra vía de liquidez: cotizan en el mercado. Quien quiera vender sus participaciones puede hacerlo libremente. Si hay pérdidas o ganancias desde el precio de compra, es otro asunto —que cada inversor aguante su vela—, pero la puerta de salida siempre está abierta.

Es decir, hay una solución evidente para quienes sufren iliquidez o ausencia de precio de mercado: el mercado es la solución. Existen múltiples formas de crear mercados para estos títulos: empaquetar carteras de préstamos, sacar a cotizar vehículos de inversión, desarrollar plataformas de negociación secundaria. La tecnología y la regulación necesarias no son nuevas; lo que falta es la decisión de aplicarlas.

El segundo problema es más grave porque afecta a la economía real. Las empresas dependen del crédito privado para financiar sus operaciones, su crecimiento y sus adquisiciones. Si al vencimiento de sus préstamos no pueden renovarlos ni ampliarlos, se verán obligadas a suspender planes de expansión, a implementar reestructuraciones o, en el peor caso, a cerrar. El efecto en el empleo y la actividad es directo. Y recordando la máxima de que en economía los gastos de unos son los ingresos de otros, una contracción crediticia puede desencadenar una espiral recesiva.

La buena noticia es que la solución también la conocemos: facilitar la concesión de crédito. Esto puede lograrse por vía regulatoria —relajando ratios de capital, fomentando la creación de entidades que canalicen el ahorro hacia la inversión productiva— o mediante políticas monetarias expansivas: bajadas de tipos de interés, programas de compra de activos o inyecciones de liquidez. Conviene recordar que la contracción del crédito es fuertemente deflacionaria, por lo que cierta expansión monetaria para contrarrestar sus efectos no solo es admisible sino deseable para la estabilidad de la economía.

El tercer problema es el contagio, que puede producirse por dos vías. La primera es la iliquidez: el miedo a quedarse atrapado en activos sin precio empuja a muchos inversores a retirar su dinero de otros productos con baja liquidez —fondos inmobiliarios, fondos de private equity— o a dejar de aumentar la iliquidez de su cartera. La segunda vía es la propia expectativa de contracción crediticia: si los agentes económicos anticipan que habrá menos crédito disponible, actúan en consecuencia —recortan inversiones, aplazan decisiones, acumulan liquidez—, y esa cautela colectiva acaba provocando exactamente la contracción que temían. No hace falta que falte financiación real; basta con que se espere que falte.

El contagio a otros vehículos de inversión reduce la financiación de la economía real y amplifica aún más la contracción del crédito. Las soluciones, de nuevo, son las mismas: más opciones de liquidez a través de mercados cotizados, una regulación financiera más favorable a la intermediación crediticia y políticas monetarias expansivas cuando sea necesario.

La mejor medicina: mercados más amplios y profundos

De las tres medicinas disponibles —liquidez de mercado, regulación favorable y política monetaria expansiva—, la que tiene menos efectos secundarios negativos es la primera. Dotar de liquidez a los activos ilíquidos no genera inflación, no relaja los estándares crediticios ni crea riesgo moral. Simplemente permite que compradores y vendedores se encuentren, que los precios reflejen la realidad y que los inversores puedan tomar decisiones informadas.

Esto pasa por avanzar hacia unos mercados financieros más amplios, más profundos y más accesibles para empresas e inversores. Mercados en los que haya normas justas que protejan los intereses de emisores e inversores por igual, y en los que la transparencia sea la regla, no la excepción. La crisis actual del crédito privado no es, en el fondo, una crisis de solvencia: es una crisis de diseño. Se construyeron productos con activos ilíquidos y se les puso una etiqueta de liquidez que no correspondía. La solución no es lamentar el diseño, sino corregirlo. Y el mercado, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el mecanismo más eficaz que conocemos para poner precio a las cosas y permitir que el capital fluya hacia actividades productivas.


© El Confidencial