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Porsche, teoría de juegos y el vehículo eléctrico

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26.04.2026

Una imagen muy sencilla puede explicar lo que les pasa a muchas empresas cuando intentan llegar las primeras a un mercado. Imagina un centro comercial recién inaugurado. Todo parece prometedor: edificio nuevo, buenos accesos, grandes expectativas, marcas potentes a punto de entrar.

La primera tienda que firma para instalarse allí parece lista. Incluso brillante. Si el centro funciona, si van llegando más marcas y los clientes empiezan a llenar los pasillos, esa primera tienda será vista como la que supo adelantarse. Incluso puede que cerrara un alquiler mejor que las demás. Pero si el resto se lo piensa, si la afluencia de gente no arranca y todo tarda demasiado en coger velocidad, la historia cambia por completo. El pionero deja de parecer un visionario y empieza a parecer el primero en pagar alquiler en un pasillo vacío.

Eso, en el fondo, es la teoría de juegos. Y no hablamos de juegos en el sentido normal de la palabra. Hablamos de decisiones en las que lo que te ocurre no depende solo de lo que hagas tú, sino también de lo que hagan los demás. Una empresa puede leer bien el futuro y, aun así, perder dinero si llega antes de que todo esté listo. Puede acertar la dirección y equivocarse en el momento. Puede apostar bien por una tecnología y acabar sufriendo porque clientes, proveedores, reguladores, infraestructuras y competidores no avanzan al mismo ritmo.

En mercados así, decidir bien no consiste solo en mirar costes, demanda o innovación. Consiste, sobre todo, en anticipar cuándo y cómo se van a mover los demás. Desde que Von Neumann y Morgenstern la llevaron al corazón de la economía moderna en 1944 y John Nash la convirtió en una herramienta decisiva para pensar interacciones estratégicas, la teoría de juegos sigue siendo una forma extraordinaria de entender casos reales de empresas y mercados.

Esto es lo que vuelve tan fascinante el caso de Porsche. La cifra impresionó al mercado: en 2025, su beneficio se desplomó desde casi 3.600 millones de euros hasta apenas 310. Pero detenerse en ese golpe contable sería quedarse en la superficie. Lo interesante ocurrió en otro nivel: en la lógica de la decisión. Porsche no se limitó a invertir en una tecnología. Preparó toda su maquinaria industrial —producto, plataformas, baterías y desarrollo tecnológico— para un escenario de mercado que no llegó al ritmo que esperaba.

Durante años, la compañía no apostó solo por el coche eléctrico. Apostó, en realidad, por un comportamiento colectivo: a que el cliente premium iba a dar el salto rápido, a que la red de recarga iba a estar lista, a que la cadena de suministro se adaptaría, a que la regulación sería consistente y a que el sector se movería en la misma dirección. Y por eso la teoría de juegos sirve tanto para entender Porsche. Porque en ciertos mercados no basta con tener razón sobre la tecnología. Hace falta que los demás lleguen contigo. Si todos llegan, puedes ser el líder. Si no llegan, eres el primero en asumir el coste.

Vista así, la historia cambia por completo. No estamos solo ante una empresa que invierte y luego corrige. Estamos ante una compañía que preparó su maquinaria industrial y comercial para un determinado equilibrio de mercado y descubrió que ese equilibrio no llegaba con la velocidad que había previsto. Y esa diferencia —tan fácil de decir después y tan difícil de gestionar en........

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