Eso de dar por acabado a Pedro Sánchez
Se equivoca irremediablemente aquel que piensa que el tiempo es una prolongación de sus deseos. Ocurre en la vida de cada uno de nosotros cuando confundimos realidad con deseo, y sucede igualmente en aquello que nos concierne como colectivo, como sociedad. Como nuestros sistemas democráticos. No sabría decir cuál de las dos nos genera una frustración mayor, si la decepción personal o la decepción colectiva; de la primera somos los únicos responsables y, por eso mismo, podemos enmendarla; de la segunda siempre se puede responsabilizar a los demás, pero somos incapaces de modificarla.
Viene todo esto a cuento de una tendencia política que ya comienza a detectarse en la sociedad española, sobre todo a raíz del desastre de Ceuta de este verano: son muchos los que dan por acabado a Pedro Sánchez como presidente del Gobierno y otra vez, como ya les ocurrió en 2023, pueden acabar equivocándose porque confunden lo que desean con algo tan imprevisible como unas elecciones generales de una sociedad polarizada en la que los odios, las fobias, se imponen al análisis racional de la realidad. Una de las peculiaridades del sanchismo —seguro que muchos pueden comprobarlo en su círculo de amigos o en sí mismos— es que acaba convirtiéndose en una cuestión personal. Ocurre desde el principio: el personaje genera por igual lealtades ciegas y enemistades viscerales.
Ese es el extremo de la polarización, el que más daño puede hacer, y Pedro Sánchez es uno de los mayores expertos mundiales en el manejo de esa agitación social. Pedro Sánchez como obsesión personal. Si le sucede, o conoce a alguien a quien aprecia que le ocurre, lo mejor es huir de esa obcecación porque saldrá perdiendo, antes o después. Así que, para empezar, como se decía antes, comencemos por despejar las consecuencias políticas para el........
