Lentos pero inseguros, torpes pero tontos
Así nos regañaba en el colegio una profesora de lengua española cuando cometíamos errores groseros en algún ejercicio. El reproche funcionaba: dolía en la autoestima. Hoy se consideraría una intolerable agresión al alumno, así nos va en los colegios.
Junto al famoso principio de la navaja de Ockham ("en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable"), existe el de Hanlon, que recomienda no explicar por la maldad lo que puede explicarse por la estupidez. Resulta doblemente útil: porque el porcentaje de comportamientos estúpidos es muy superior al de actos malvados y porque nos ahorra disgustos y berrinches.
Lo malo -en la vida y muy singularmente en la política- es cuando ambas cosas coinciden. Puedo admirar la maldad cuando se ejecuta bien y con respeto a la belleza del juego (aunque sea un juego siniestro), y puedo ser condescendiente con la estupidez congénita. Pero aún me sacan de mis casillas las acciones tóxicas, malignas o, simplemente, dañinas para el interés general y la convivencia que, a la vez, son completamente estúpidas y autolesivas para quien las practica.
Sucede mucho con los gobiernos de larga duración y hábitos oscuros que entran en su fase terminal y no se resignan a ello. Este Gobierno de Sánchez viene dando un curso completo de esa mezcla letal. De hecho, últimamente es raro que transcurra una semana sin encontrar algún caso práctico.
Al día siguiente de la invasión civil de Ceuta, el presidente del Gobierno español acudió al escenario del crimen para proclamar que se había producido un ataque a la integridad territorial de España. Grave imprudencia. Es imposible cohonestar esa declaración con un plan de respuesta -que comenzó a ejecutar allí mismo- consistente en exculpar radicalmente al Gobierno marroquí, dejar a los ceutíes abandonados a su desgracia, permitir que los ministros más chocarreros dieran el problema por resuelto por el........
