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De la guerra de Irán a las guerras de capital. Y un perturbador síndrome de Estocolmo

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27.03.2026

Los hechos confirman la total falta de previsión y estrategia del gobierno Trump en esta guerra de Irán. El éxito en Venezuela, la transigencia con el interés de Netanyahu, el placer autocrático de comandar la mayor fuerza militar del mundo, todas razones inconcluyentes para explicar una guerra estúpida cuya preparación se demuestra negligente y resolución opaca. A pesar de tener enfrente el ejército más poderoso del mundo, resulta que Irán tiene capacidad de infligir el caos en la zona y secuestrar la economía mundial. Con independencia de cuánto más pueda durar el conflicto, el daño ya está hecho. La inflación se dispara, el crecimiento se contrae y los tipos de interés se tensionan al alza. La cuestión crítica se desplazará desde la duración incierta de la crisis energética a la competencia en mercados de capital. Todo ello sobre desequilibrios fiscales que arrastran varias crisis concatenadas y deudas soberanas rascando máximos históricos, sobre todo, en la anglosfera (UK & EEUU).

En su estilo, Trump ya ha cantado victoria repetidas veces. Y volverá a hacerlo. A pesar de tener a la economía global en vilo, no ha tenido reparo ni rubor en señalar el impacto económico relativo. Por ser exportador neto de energía y acabar vendiendo más, EEUU saldrá ganador del conflicto. El resto del mundo, sobre todo Europa y Asia, especialmente dependientes de la zona, perdedores. Para la mente del presidente americano, transaccional, predadora, de suma cero, una ganancia neta.

Si además metemos en la ecuación las tendencias estructurales que venían marcando los mercados de capital de un año hasta la fecha fatídica del 28 de febrero: la entrada histórica de capital en Europa, la debilidad relativa del mercado bursátil americano y del dólar, apuntaladas por el numerito de Groenlandia, el arresto de la salida de dinero desde EEUU al resto del mundo: ganancia adicional. ¿Doble victoria? No tan rápido.

Durante las últimas décadas, los agentes y partícipes de mercados hemos funcionado con la premisa de un marco monetario $, en el que el emisor de la moneda activo refugio por excelencia, era a la vez garante voluntario de la estabilidad del sistema y paradigma de un marco institucional íntegro y funcional. Y por ello, el mundo dispuesto a reciprocar avalando el privilegio $, es decir, la capacidad de financiar sus déficits bien por debajo del coste de mercado, entre 1.5%-2%. El descubierto de la tarjeta de crédito que el resto del mundo tiene abierta, expresada en esta magnitud (NIIP): lo que EEUU tiene en el resto del mundo, menos lo que éste tiene allí (incluido UST) en % de PIB, no ha hecho más que crecer en sentido deudor.

A raíz del repudio insolente e inconsciente a ese papel hegemónico, la lista de políticas contra consensos históricos, contra la globalización abierta y la falta de respeto a la integridad institucional, ese privilegio comenzó a erosionarse el año pasado. Bolsa arriba, bolsa abajo, fue la narrativa en mercados de mayor trascendencia, silenciada por el establishment financiero, "Trump-washing", y expresada en la caída del $ de doble dígito contra el resto de monedas, aun con diferenciales de crecimiento y tipos de interés a favor.

Sobre la locura del designio MAGA y su mentira fundacional: utilizar la interdependencia económica para extorsionar a un resto del mundo "que se aprovecha" y a la vez te da crédito, advertimos el año pasado a cuenta de los aranceles. Pero cuando en lo más dramático del episodio Groenlandia, durante la celebración de Davos, con Trump repartiendo prédicas a diestro y siniestro, el estratega cambiario del Deutsche Bank, Saravelos, denuncia esa inconsistencia fundamental en un informe público, la cuestión pasa de académica a una realidad inmanente en mercados financieros.

A partir de entonces, esa vulnerabilidad estructural está presente en la mesa de todos los inversores institucionales del globo. El resto del mundo tiene la potestad de vender activos americanos, incluidos bonos del Tesoro para financiar déficits fiscales, o de no suscribir la oferta incremental. Igual de presente lo tuvo el secretario del Tesoro americano, Bessent, perfecto conocedor de esta realidad. De inmediato salió a quitar hierro al asunto y señalar que Deutsche Bank se distanciaba de la opinión de su analista (lo que nunca se corroboró).

De súbito, y con la ayuda de soldados daneses sobre el terreno, la presión para hacerse con Groenlandia remitió bajo la niebla de unos acuerdos OTAN que nunca quedaron claros. Y hete ahora la guerra de Irán. La tendencia secular del $ a la baja abierta desde la toma de Trump 2.0 queda en suspenso y la dinámica de salida de dinero de EEUU al resto del mundo se congela. "Va mal el negocio, manda la caballería" que diría Siniestro Total, grupo de rock de los 80'.

El poderío militar de un presupuesto anual que supera la suma de los 10 siguientes, es el argumento duro más persuasivo del privilegio dólar. Históricamente ha ido de la mano del papel de garante de un orden internacional y una tradición de integridad institucional. Sin embargo, el nexo entre poderío militar y consenso internacional que infunde legitimidad, se ha fracturado. Sin consulta entre aliados, la sensación dominante es de perplejidad. Una más.

La volubilidad, el capricho, la ideología y el desprecio a la mejor inteligencia del mundo son marca distintiva de esta administración Trump. La propia América no será una excepción del victimario de la guerra. A pesar de que el impacto en coste energético y crecimiento económico de la guerra es más lesivo para el resto del mundo, la falta manifiesta de cálculo estratégico sobre la duración y magnitud disruptiva del conflicto, alcanzará de lleno en EEUU. Otra capa más sobre un cuadro económico complicándose por días.

A bote pronto, el precio de la gasolina, pero de fondo, los desequilibrios económicos internos antes de la guerra, en forma de exceso de inflación ("run it hot", core al 3%) y situación fiscal ultraprecaria (def. 6-7%), son de partida, peores que el resto del mundo. Los supuestos de aquel desecho de arrogancia que es el marco fiscal del OBBB de julio del 2025, apalancando crecimiento en más deuda, se tambalean. No hay margen fiscal para el gasto bélico adicional ($ 200 bn), ni para subsidiar las elecciones a las cámaras del midterm en noviembre, ni para una eventual recesión. Ni probablemente entusiasmo exterior por financiarlo.

La combinada de inflación, ralentización económica, y subidas de tipos de interés de mercado es lo último que necesita esa economía. Según los déficits se expandan y los tipos presionen aún más los presupuestos: competencia feroz por capital, "guerras de capital ortodoxas". La repatriación de capital será un efecto colateral natural. Sin ir más lejos, los mismos países del Golfo necesitarán sus ingentes excedentes de ahorro alocados fuera para la reconstrucción.

Ante la posible tibieza del inversor extranjero, el recurso al modelito de política económica de monetización de déficits, que te compre la Fed con dinero nuevo, acarreado los últimos 18 años (la razón transversal de la inaccesibilidad de la vivienda en todo Occidente), será difícil de evitar. Aun con un nominado a la presidencia de la Fed para mayo, Warsh, un proponente de reducir el peso de bancos centrales en la economía. Tan arraigado el repudio político a los ajustes fiscales y tan endémica la adicción de los mercados al dinero de libre creación. Una marca de época, gestionada por esta banda, que se puede llevar por delante el privilegio $.

En esta liza, y de este lado europeo, lo más notorio es el contraste entre la firmeza con la que se esgrimieron desde Fráncfort unos principios para lidiar con la crisis €- y evitar precisamente esto que ahora pasa en EEUU. Y la fatuidad con la que se evita capitalizar la oportunidad estratégica del único frente importante en el que no dependemos de nadie y competir por capital. A riesgo de convertir la "autonomía estratégica" en "dispersión oligofrénica".

Luego están las "guerras heterodoxas". Desde restricciones al movimiento libre o la imposición en función de la titularidad, local o extranjera (como la cláusula 889 incluida originalmente en el OBBB, que finalmente no vio la luz). O directamente, reestructuraciones de deuda, la auténtica especialidad profesional del personaje en cuestión, un promotor inmobiliario heredado, hortera y con varias quiebras a sus espaldas. Conviene desempolvar el "manifiesto Mar-a-Lago" donde se contemplan a cambio de protección. Por si acaso. No inventamos nada.

Por encima del choque entre soberanías sobrevuela la realidad dictada por los mercados financieros, esos inversores institucionales esparcidos por el mundo de cuyo crédito dependemos. Y dependen. Van a marcar el destino del $ y su privilegio.

La acumulación histórica de capital y ahorro en EEUU, la exposición de carteras, es de tal magnitud que es imposible no sentirse afligidos por un perturbador "síndrome de Estocolmo".

*Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia).


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