La revolución silenciosa
Si encendemos la televisión o entramos en las redes sociales durante un debate parlamentario, la imagen del liderazgo político actual es evidente: gritos, reproches, polarización extrema y una competición por ver quién lanza el ataque más hiriente. En el imaginario colectivo, el líder político ideal es un "tiburón", alguien con la piel extremadamente gruesa, capaz de pisar sin inmutarse y de sobrevivir en el barro.
Bajo esta premisa, la idea de colocar a una Persona Altamente Sensible (PAS) al frente de un gobierno o de una comunidad autónoma podría parecer, a simple vista, una temeridad. Se suele confundir la sensibilidad con la fragilidad. Sin embargo, si analizamos la realidad de nuestras instituciones y el agotamiento de la ciudadanía frente a la política tradicional, un presidente o presidenta PAS no sería una debilidad; sería exactamente el antídoto que nuestro sistema democrático necesita.
Gobernar desde la alta sensibilidad supondría un cambio de paradigma radical en cuatro dimensiones fundamentales de la gestión pública:
El fin de la política del ruido y la polarización
El cerebro de una persona PAS huye por naturaleza del conflicto destructivo, no por cobardía, sino porque el ruido y la agresividad le resultan ineficientes y sobreestimulantes. Un líder altamente sensible al frente de una comunidad autónoma no entraría al trapo de las provocaciones de la oposición. En lugar de gobernar a golpe de tuit o de exabrupto, impondría una cultura institucional basada en la calma, la asertividad y la búsqueda real de consensos. Bajarían los decibelios del debate público para centrarse en los datos y las soluciones.
Decisiones basadas en el procesamiento profundo (Adiós al cortoplacismo)
Uno de los grandes males de la política actual es el cortoplacismo electoral: se aprueban leyes pensando en los votos del mes que viene, no en el país de la próxima década. La principal característica........
