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Un resultado electoral amargo y preocupante

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10.03.2026

“C’est la vie”, es una frase de origen francés que expresa aceptación de las situaciones. “Así es la vida”. No podemos darles vueltas a los hechos para tratar de explicar algo que no encaja en nuestra percepción. Incluso si en el largo plazo (estado que Keynes con su ácida ironía decía todos estaremos muertos) podamos, finalmente estar en lo cierto.

La gran conclusión es que, por muchas razones que trataremos de explicitar, el país ha caído en una polarización entre dos fuerzas políticas extremas. En una sociedad fragmentada, estancada en su desarrollo, con un crecimiento exiguo que no permite resolver los crecientes problemas económicos, sociales, ambientales, culturales, lo peor sin un propósito nacional para superarlos, se han impuesto dos visiones recortadas e insuficientes de esa realidad.

La simplificación, he tratado de explicarla en otros escritos, comienza con la falsa interpretación de que el país está dividido entre “guerrillos” y “paracos”. Una explicación que justifica en buena medida el uso de la violencia como un método válido para dirimir las diferencias entre los colombianos. Cuando el trasfondo de ese fenómeno es más complejo: involucra actividades económicas ilícitas (narcotráfico, minería ilegal, tráfico de personas, extorsión…); la cultura de lo ilegal, “la traquetería”, con su tendencia al enriquecimiento rápido y fácil; el parasitismo que genera y, el estancamiento y empobrecimiento de la mayoría de la sociedad.

En ese esquema simplificado, la confrontación de “ricos” contra “pobres”, es el relato fácil que el gobierno actual ha encontrado para, usando el poder del estado al que accedió hace cuatro años, mantener su predominio político. Un organización estatal que las viejas élites habían construido sobre la base de un poder presidencial altamente concentrado, que nunca pensaron podrían perder. Pero que perdieron.

La sociedad que hemos logrado construir en 100 años de historia yo la denomino 30/70. Solo un 30% de los colombianos, nos hemos incorporado a actividades modernas (es decir, participamos como propietarios o trabajadores formales, con ingresos que garantizan la solución de las necesidades más apremiantes y básicas); el resto un 70% está marginada del progreso, son sectores y personas que sobreviven en actividades informales de producción y trabajo, sin ninguna o muy poca capacidad de atender las necesidades familiares.

Un país que no tiene como propósito llevar a la modernidad, al progreso continuo a la totalidad de sus habitantes, está en graves dificultades. Y, Colombia no ha tenido esa meta en la mira. Para completar, la constitución que nos rige, que tuvo un avance formal en derechos, nos amarró a una concepción del desarrollo económico que les sirve a los grandes capitales internacionales, con su “libre comercio”, pero que no protege ni fomenta el capital y el trabajo nacionales, fuente cierta de la prosperidad de los pueblos.

Hago parte de esa minoría que hoy fue aplastada en las elecciones parlamentarias. Que creemos que cualquiera de las opciones extremas que van a competir en las elecciones presidenciales, no tienen una propuesta seria para sacar al país del estancamiento y la pobreza. Hoy primaron todos los vicios y ninguna de las virtudes. Desde las falacias de que los ricos no dejan hacer, hasta la compra de votos por un sistema político degenerado, donde el estado es el mayor comprador de conciencias. Lo que sigue para el país es preocupante. Ojalá me equivoque.

Neiva, 09 de marzo de 2026


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