Sagunto
25 de marzo 2026 - 03:08
Seguro que conocen la polémica. Sagunto, tradición centenaria, túnicas, tambores y una cofradía que presume (y no sin razón) de cinco siglos de historia: la de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, fundada en 1492, el mismo año en que Colón se lanzaba al mar. Más de 500 años después, una votación interna ha vuelto a decir “no” a la entrada de mujeres: 267 votos en contra frente a 114 a favor. No es la primera vez. Ni la segunda. Y lo más inquietante: el apoyo a la igualdad no crece, retrocede.
El Gobierno ha reaccionado sin titubeos: ya está en marcha el proceso para retirar a la Semana Santa de Sagunto la declaración de Interés Turístico Nacional. El argumento es sencillo: no puede representar a toda la ciudadanía una celebración que excluye a la mitad.
Hasta ahí, el relato dominante que hemos leído y escuchado estos días en la mayoría de medios y el que, en pleno siglo XXI, diríamos que se alinea con el sentido común. Pero, justo por ello, he querido girar el foco y situarme en las antípodas: he dedicado media hora de mi tiempo a conocer la versión de El Toro TV, incluida una entrevista a una de las vecinas que defienden a ultranza la tradición. Se llama Chelo Carbonell y opina que “las normas están para cumplirse”, la tradición “para respetarla” y que, si las mujeres quieren participar, pues que “creen su propia cofradía”. Dice que esto “no va de derechos” ni de “discriminación”, sino de poder.
Y es precisamente ahí, en ese cambio de marco, donde quiero detenerme. Por encima del resultado de la votación (más intransigente hoy que en 2022), está el clima que lo sostiene. No hablamos de una resistencia anclada en otra época; hablamos de jóvenes y de mujeres que, en pleno 2026, parecen sentirse cómodos retrocediendo.
La medida del Gobierno es obligada (no vamos a promocionar desde lo público un fiesta que excluye) pero quedará en un gesto y sin consecuencias. Como bien advierte la vecina, la procesión se celebrará y nada importa para una entidad privada que “no vive de subvenciones ni de ayudas públicas”.
Y lleva razón. El foco del debate debería ser otro. Una tradición de 500 años no se cambia por decreto (ajeno); se hace desde dentro. Y ahí está el papel de la Iglesia, del Arzobispado de Valencia, que se ha mantenido en el más absoluto silencio. En el caso de otras ciudades con una Semana Santa histórica como Sevilla, Córdoba o Zamora, cuando hace años se plantearon conflictos similares, la jerarquía eclesiástica intervino. ¿Por qué aquí no?
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