Txapote el que no bote
07 de abril 2026 - 05:30
SÉ que llego tarde y que la polémica, quizás, ya resulta más pasada que la Borriquita por la Campana. Pero no quiero morirme sin decir algo sobre el famoso “musulmán el que no bote” coreado por la muchachada en una grada catalana durante el partido España-Egipto. Totalmente de acuerdo con que fue algo poco edificante y censurable. Y, sobre todo, absolutamente grosero. Y esa es la clave, a mi modesto entender, de este problema. No se puede invitar a una selección de fútbol a jugar a tu país y luego insultarla con la inelegancia de un casaca roja de Wellington. Es de primero de educación. Pero no de educación en el sentido abstracto y académico, sino en el otro, en el de verdad, en el de las madres y abuelas: “Niño, no se mofa uno de los invitados”. Recientemente, cuando se jugó en Sevilla la final de la Copa del Rey que ganó el Bilbao vi, en las gradas de la Catedral, a un grupo de chavales corear el españolísimo grito “español el que no bote”. No me indigné, porque hace tiempo que mi acendrado patriotismo no se ve mínimamente alterado por el hecho de que un grupo de chavales haga el mongolo en la vía pública. Pero sí pensé en la zafiedad de aquel comportamiento, que insultaba a sus anfitriones, además de en su carencia de verdad. Recordé aquel dicho atribuido a Cánovas del Castillo, el prócer ceceante, de que “español es aquel que no puede ser otra cosa”. En este caso era absolutamente cierto. No creo que ningún país aceptase en su censo a ese grupo de gudaris con pantalón corto, camiseta brillantosa y olor a choto.
Volvamos a lo de “musulmán el que no bote”. Soy de los que llevo en el corazón tatuado los famosos versos de Manuel Machado, “Tengo el alma de nardo del árabe español”, y en mis sueños de adolescente he tomado Áqaba a las órdenes de Lawrence de Arabia. El de los musulmanes lo veo un problema menor, sin que sea un ingenuo que no repare en la amenaza marroquí, el terrorismo yihadista o la presión de la inmigración ilegal en los barrios más pobres (el proletariado es el que sufre el problema, no las clases medias profesionales y universitarias). Sinceramente, puestos a hacer el cafre (que ya no tengo edad), hubiese gritado “Rufián el que no bote”, “Txapote el que no bote”, etcétera... Todos ellos son españolitos de pasaporte, pero suponen una mayor amenaza para nuestro país (ya lo han demostrado) que cualquier musulmán que, en cuanto se zafa de la vigilancia social de su tribu, se toma un par de ron-cola o quema el hiyab para irse a una discoteca.
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