Sarah Mullally, marchar para no pudrirse
Opinión | Miel, limón & vinagre
Sarah Mullally, marchar para no pudrirse
La designación de una mujer como jefa de la Iglesia anglicana rompe —bajo la amenaza del cisma— con una tradición de 500 años
Sarah Mullally, arzobispa de Canterbury.
Sarah Elisabeth Mullally (Woking, Reino Unido, 1962), exobispa de Londres entre 2018 y 2026, puede ser, como así ha sido, arzobispa de Canterbury y líder espiritual de la Comunión anglicana, pero no podría procesionar, verbigracia, en la Semana Santa de Sagunto. No por anglicana, sino por su condición de mujer. "Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras". La Iglesia anglicana, 98 millones de fieles en el mundo; la hermandad que organiza la Semana Santa saguntina, 1.600 miembros. "Cosas veredes". Casi contemporáneas en su origen, la primera nació oficialmente en 1534. La cofradía valenciana, 42 años antes. Una ha roto la tradición; la segunda se resiste a hacerlo. Mullally es la primera mujer en ocupar el cargo en medio siglo de historia.
Nombrada por el rey Carlos III, previa recomendación de la Iglesia de Inglaterra, nunca sabremos si Mullally habría obtenido los votos de los más de 800 prelados anglicanos de todo el planeta (poco más del 15% son mujeres desde que se acordó en 2014 que pudieran ser obispas). Su designación como arzobispa de Canterbury evidencia que algunas costumbres evolucionan aun a riesgo de provocar un cisma en su comunidad. Y en tal caso, ¿qué? Atrás quedarán los inmovilistas, los anquilosados y quienes se resisten a que la sociedad evolucione. 'Marciare per non marcire' (Marinetti). 267 hombres votaron en contra de que las mujeres procesionen en la localidad valenciana y 114 a favor.
Mullally, de 63 años, enfermera de profesión, casada y madre de dos hijos, ha entrado en la historia como la 106 de entre los primados (y ahora también primadas) de la Iglesia de Inglaterra. Bien recibida por la bancada vecina de León XIV, el papa católico le aconsejó inspirarse en la Virgen: "Al pedirle al Señor que le conceda la sabiduría, ruego que el Espíritu Santo le guíe al servir a sus comunidades y que se inspire en el ejemplo de María, la Madre de Dios".
Aupada al cargo tras la dimisión en 2024 de su antecesor, en la picota por su gestión de un caso de abusos sexuales, Sarah Mullally dedicó su sermón de investidura a las víctimas de "los errores" cometidos por su Iglesia, e instó a "no pasar por alto ni minimizar el dolor» de quienes han resultado "perjudicados" por "las acciones, inacciones o fallos" de miembros de su curia. Amén.
El nombramiento de la arzobispa de Canterbury abre la posibilidad de que la sombra del cisma sobrevuele la comunidad anglicana. El cambio histórico ha elevado a la superficie la profunda fractura que mantiene en vilo a este credo. Algunos de sus líderes, en particular los de África, consideran que la institución está "abandonando las Escrituras" y la "disciplina histórica" que ha sostenido durante siglos al anglicanismo, dividido entre partidarios de la nueva etapa inclusiva y quienes opinan que la ascensión de Mullally a la cúspide de la sede primada constituye una violación de los votos episcopales y el impulso de una "agenda revisionista" de la moralidad sexual. Lo mismo ocurrió en 2014, cuando el Sínodo Central de la Iglesia de Inglaterra acabó con una tradición centenaria y permitió que las mujeres pudieran ordenarse obispas. "Es el fin de la Iglesia como la conocemos", se llegó a escuchar en el Sínodo. El apocalipsis duró lo que el huracán tarda en convertirse en tormenta tropical.
Es probable que la nueva arzobispa de Canterbury conozca la anécdota —fabulada en exceso y adornada con el tiempo— referida en las facultades de Periodismo. Cuenta la historia que en 1905, el jefe de la Iglesia anglicana fue abordado por los periodistas de Nueva York que cubrían su viaje por Estados Unidos. Nada más desembarcar, los gacetilleros le abordaron:
—Eminencia, ¿qué opina de la proliferación de burdeles en el este de Manhattan?
—¿Hay burdeles en Manhattan?— devolvió la pregunta el prelado.
Al día siguiente, un periódico tituló: "El arzobispo de Canterbury pregunta si hay burdeles en Manhattan".
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Ahí van a dar en hueso. Sarah Mullally se autodefine feminista, partidaria (aunque provida) de la libre elección de las mujeres en casos de aborto dentro del ámbito legal y favorable a que su Iglesia abra el melón de bendecir matrimonios entre personas del mismo sexo, lo cual sería "un momento de esperanza para la Iglesia". El panorama pinta optimista, de no ser porque estamos hablando en un contexto eclesiástico —da igual anglicano que católico—, en el que las revoluciones se producen cada 500 años y donde Marinetti acostumbra a salir derrotado frente a Lampedusa y aquella sentencia suya de 'El Gatopardo': "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
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