Escapada
Para mí, tomando prestado, pero parafraseándolo, el título de una de las mejores novelas de Carmen Martín Gaite, «lo raro es dormir». Por eso, no me gusta hacerlo fuera de casa, da igual la categoría del hotel o las fabulosas condiciones del alojamiento. Tengo claro, asumido con resignación, que si, llegada la noche, mi cuerpo no se tiende en la cama que reconoce como propia, no descansa, mi mente lo gobierna, incapaz de ignorar todos esos pensamientos que durante el día se han ido acumulando en el umbral a la espera de ser atendidos, cual plegarias. Con ese condicionante, un insomnio que llevo padeciendo desde mi infancia (ya entonces podía tardar horas en conciliar el sueño, me recuerdo llorando sentada en el pasillo, en la puerta de la habitación de mis padres, o preguntándole a mi hermana, con la que compartía cuarto, ¿te has dormido ya?), me resisto a los viajes de trabajo que implican pernoctar, pero también a los personales, de placer, y estos casi siempre lo conllevan, es imposible irse de vacaciones sin salir de casa. De ahí que cuando, hace unas semanas, L. me sugirió, aunque era una petición, realmente, que nos marcháramos unos días fuera con........
