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Memoria en tres tiempos en Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres / Por Libertad León González

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18.08.2025

La memoria puede por eso encontrar los días,
sus bellas mariposas disecadas,
sus apagados cirios olorosos.

Luz Machado

La dualidad complementaria y contradictoria que se produce entre la memoria, como recurso primordial de la Historia y el olvido, estudio fundamental de las ciencias de la psiquis humana y, en muchos casos, evasión de episodios de la llamada historia oficial, confluyen en la novela histórica, en general, a partir de esa línea definitoria que oscila entre la memoria y el olvido. La novela histórica, entonces, se hace selectiva, al presentar las vicisitudes de elementos tomados de los hechos del pasado dispuestos en el relato ficcional que, aunque supedita lo real a lo ficticio, también actualiza al lector en el recorrido de los acontecimientos históricos, en eso que María Cristina Pons (1996) ha llamado, “el encuentro entre lo convencional y no convencional del género.” (p.112).

En esta ocasión, el escenario narrativo se presenta en tres tiempos, recorridos gradualmente, entre los períodos de la colonia, la independencia y la república, específicamente, los siglos XVIII, XIX y XX, en nuestro país. Sea la novela histórica, Doña Inés contra el olvido (1992) de Ana Teresa Torres (Caracas,1945), la oportunidad de mostrar estos tiempos históricos con referencias marcadas y, al mismo tiempo recreadas, sobre el pasado alusivo. ¿Cuántas veces cualquier mantuana ‘bien casada’, habitante de la colonia pudo pronunciar las siguientes palabras que dan inicio a la novela Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres?:

Mi vida fue atravesar mañanas lentas, días largos que el tiempo recorría despacio. Vigilar el trabajo de las esclavas, verlas barrer las lajas de los patios, dar lustre a las baldosas y azulejos que hice traer de Andalucía, recoger las hojas sueltas del limonero y regar el guayabo del corral; bordar algún punto de un mantel, o darme una vuelta por la cocina para probar la sopa y procurar que todo estuviera de acuerdo antes de que llegara Alejandro, y durante el almuerzo, preguntarle qué se había discutido en el cabildo, a cómo estaban los precios del cacao o si se había hundido el barco que lo transportaba. (p.3).

La novela se plantea como ejercicio de la memoria de Inés Villegas y Solórzano, las vivencias de diferentes épocas de la sociedad caraqueña, el punto de partida serán las injusticias del poder, en torno a la mujer, guardadas en silencio, sin derecho a réplica. La voz de la narradora se pronuncia, desde el ámbito de la muerte, rememora las vejaciones y los sufrimientos padecidos por ella y los personajes, antes, durante y después de la guerra: “Sólo veo los mismos rostros, los mismos cuerpos, los mismos nombres de mi memoria, los siento y los huelo, me acompañan, me acosan, no me dejan ni un momento quieta ni me permiten descansar.” (p.4).

Inés Villegas de Solórzano revive entre ingeniosas imágenes del pasado, busca respuestas a tanta incertidumbre, entre la vida y la muerte. Menciona, por un lado, la decadencia económica que se origina con la guerra, desde el más ponderado terrateniente y, por el otro, el progresivo deterioro de su vida en procura de resolver un largo litigio sobre los documentos y los títulos de propiedad de las tierras. Estas se constituyen en las inquietudes constantes alrededor del discurso de la narradora protagonista: “Ahora debo buscar mis títulos, los nuestros, los que confirmó mi padre en 1663, para componer mi historia.” (p. 4). Corrían los años de 1728, de 1731, de 1742, entre sentencias y alegatos al Rey Felipe Quinto, Carlos III, Carlos IV y de todos los sucesores de la corona........

© Diario de Los Andes