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Madre Carmen Rendiles, santidad forjada en la obediencia y la fe

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19.07.2025

Nació peleona, obstinada. No santa. Carmen Elena Rendiles nunca lo ocultó. Madre Carmen, la piadosa, siempre puso su espíritu rebelde en oración.

Se sintió muy cercana a Dios desde pequeña, ungida por Él.

Y no se debió a su condición, nació sin el brazo izquierdo. Carmen Elena no hablaba con Dios para recriminarle, sino para que la valentía forjara su mente, cuerpo y corazón.

El brío nunca la abandonó. Incluso cuando en su lecho de muerte pidió permiso para marcharse de este plano. Un acto de obediencia que, según el cardenal que le dio la absolución, obtuvo la bendición del Altísimo.

Desde muy temprana edad, Carmen Rendiles demostró una devoción singular y un espíritu de servicio que la distinguían en su entorno familiar y social | Foto Abraham Tovar

El humor es santidad, dicen. Y Madre Carmen fue prueba de ello.

Mucho se sabe de su vida, obra, beatificación, milagros. Pero pocos saben su historia contada por quienes la conocieron, siguieron su ejemplo, recibieron un toquecito en el hombro y no un abrazo como sinónimo de afecto, se sentaron en la misma mesa a comer y oraron con ella.

Su llamado es silencioso, pero férreo. Y su historia, un legado en construcción.

Era tan parca, mortificada y sacrificada que nunca nadie supo qué le gustaba y qué no. Así la recuerda la Madre Rosa María, superiora general de Casa Madre, hogar de las siervas, quien la conoció cuando tenía 15 años.

La primera casa habitada por Madre Carmen como religiosa, lugar donde se forjó e hizo vida, está impoluta. La puerta que cruzó aquel diciembre de 1926, cuando supo que entregaría su vida a Dios, es la misma.

“La Madre fue de esas que comía lo que llegaba a la mesa”, fue lo primero que recordó la hermana. Sonreía pensándola.

“Solo sabíamos que le gustaba la comida caliente, pero no siempre llega así. Ella igual agradecía. No tenía problemas, todo se lo ofrecía a Dios”.

Pasaba por la vida, agrega, sin estridencias.

La Congregación de las Hermanas Siervas de Jesús fue fundada en Caracas en 1965 por la santa Madre Carmen Rendiles Martínez | Foto Abraham Tovar

De aquella casa donde nació el 11 de agosto de 1903, en la Parroquia Santa Teresa, entre las cuadras de Glorieta a Maderero cerca de la Avenida Baralt, solo queda la cama donde dio a luz su madre, Ana Antonia Martínez, y que ahora está en el colegio que fundó.

Allí recibió clases y exploró su fe cristiana, pero también aprendió los oficios de cocina, limpieza y bordado. Este último le permitió bordarle la pedrería al vestido de novia de su hermana mayor, Ana María.

Se paseó por la música, la pintura y el dibujo. También por deportes como el críquet y el beisbol, en los que era buena a pesar de su condición.

Lo disfrutaba tanto como escaparse a la carpintería de un vecino de apellido Ramírez, donde aprendió el oficio. De hecho, columnas para floreros, escaparates y mesas de noche con guacales, hechos con su mano derecha, siguen reposando en Casa Madre.

Nunca recibió un trato distinto por su condición. En su casa era una más. No una minusválida. Aunque sí la protegían de miradas y encuentros que pudieran hacerla sentir mal, sobre todo de niña.

“Papa Dios le había permitido nacer sin el brazo para que no ostentara de las modas del momento”, navega entre recuerdos la supervisora de Casa Madre. Ninguna conoció a Carmen Elena, la chica, pero supieron quién era a través de Madre Carmen.

Madre Rosa María, superiora general de Casa Madre | Foto Abraham Tovar

Carmen Elena sintió su primera conexión con Dios a los 15 años. No fue un llamado sino una clara inclinación a tener una mejor relación con Él. No bastaba con el rosario diario o la misa dominical, había disciplina y obediencia.

Estudió en el Colegio San José de Tarbes. Allí aprendió francés, muy útil durante su iniciación en la vida religiosa. Traducía las cartas que enviaban desde Francia al convento.

A los 17 años uno de sus hermanos murió y ella enfermó de los pulmones. Fue enviada a Los Teques para ayudarla a respirar mejor y fortalecer su sistema inmunológico. Allí encontró refugio en la catequesis y se volvió más religiosa.

Comenzó a visitar conventos por curiosidad, pero recibió mucho rechazo.

La ausencia de su brazo era tema de conversación entre religiosas, algunas la consideraban una carga. Eran muy exigentes los oficios que se practicaban en las congregaciones.

Desencantada pero nunca privada de fe, decidió regresar a Caracas y vivir una vida de amistad con Dios. Se dedicaría a la caridad.

La Madre Mercedes Aguerrevere, quien perteneció a una de las familias más importantes de principios de siglo en Venezuela, fue la responsable de que cambiase de opinión.

Tenía 24 años cuando la llevó a Casa Madre. La superiora, la Madre Antonieta Paconier, le abrió las puertas sonriendo. Y allí dijo: “Aquí me quedo”.

La vida de Madre Carmen fue un verdadero ejemplo de sencillez y austeridad | Foto Archivo

Se inició formalmente en febrero de 1927.

Nunca pidió ayuda. Se sabía peinar, vestir y cortar las uñas. Lavaba, planchaba, cocinaba y ordenaba. Hacía de todo. Siempre callada, sin quejarse. Pero seguía siendo Carmen Elena Rendiles.

Recién llegada a la casa, le tocó lavar y doblar la ropa. Su superiora, dándose cuenta de ciertas arrugas, la obligó a rehacer sus tareas. Luchando contra su rabia contenida lo hizo.

Igual que cuando coció mal un broche y ante aquella observación, se levantó molesta a cuarto a hacer su maleta. Recordó a su madre: “Carmen Elena, no me gustan las niñas que se casan y se divorcian. Tampoco las que dejan sus hábitos. Esto es para toda la vida”.

Frenó su acto de rebeldía. Y Dios, quien claramente la estaba poniendo a prueba, le dio fortaleza.

Comenzó su fiel obediencia. Le costó, pero estaba dispuesta a hacer solo cosas que le agradaran al Señor. “Obedecer es un camino”, señala la Madre Rosa María. “Y eso fue lo escogido por Carmen Elena para convertirse en Madre Carmen”.

En dos años completó su formación. Aprendió de la congregación de las hermanas francesas costumbres, obligaciones, derechos y deberes. Amó, oró, actuó. Pero tiempos difíciles siempre hubo.

Uno de ellos involucró a su hermano menor, a quien se llevaron preso en una redada estudiantil que protestaba contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.

“Señor, haré lo que tú quieras. Iré a apoyar a mi madre que tanto me necesita si así lo dispones”, reza en sus........

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