Investigar lleva tiempo pero da frutos: 120 años para curar la diabetes tipo 1
Creado: 19.03.2026 | 06:00
Actualizado: 19.03.2026 | 06:00
En los últimos 120 años, la atención a la diabetes tipo 1 ha experimentado una de las transformaciones más profundas de la medicina moderna. En 1900, un diagnóstico de diabetes tipo 1 equivalía a una sentencia de muerte. Antes de 1922, el único tratamiento disponible consistía en dietas de inanición, bajísimas en calorías (a veces menos de 500 al día) destinadas a reducir los niveles de glucosa y prevenir la cetoacidosis, la complicación mortal de los niveles elevados de glucosa mantenidos. Estos regímenes podían prolongar la vida unos meses o, en casos excepcionales, algunos años, pero la mayoría de los niños con diabetes tipo 1 fallecían en un plazo de cinco años desde el diagnóstico. El problema fundamental era evidente pero irresoluble: sin insulina, el organismo no podía regular la glucosa en sangre.
El punto de inflexión llegó en la década de 1920. Basándose en décadas de investigación fisiológica, Frederick Banting, Charles Best, John Macleod y James Collip, de la Universidad de Toronto en Canadá, lograron extraer insulina de páncreas animales. En enero de 1922, Leonard Thompson, un adolescente de 14 años, se convirtió en el primer ser humano en recibir insulina terapéutica, transformando la diabetes tipo 1 de una enfermedad rápidamente mortal en una condición crónica y manejable. En 1923 comenzó la producción comercial de insulina gracias a colaboraciones con empresas farmacéuticas como Eli Lilly y Novo Nordisk, utilizando páncreas de cerdo y vaca. Aunque salvadora, la insulina de origen animal presentaba riesgos de reacciones alérgicas y variabilidad en su pureza. En la segunda mitad del siglo XX, avances en química de proteínas permitieron desarrollar formulaciones de insulina de acción más prolongada y predecible. En 1958, la insulina se convirtió en la primera proteína secuenciada, es decir entendida a nivel molecular. En 1982, la insulina humana biosintética producida por bacterias modificadas genéticamente sustituyó a la mayor parte de la insulina animal, reduciendo las reacciones alérgicas y mejorando la consistencia. Poco después surgieron las «insulinas análogas», tanto de acción rápida como prolongada, diseñadas para imitar mejor los patrones fisiológicos de secreción. A medida que la insulina mejoraba, también lo hicieron las herramientas para monitorizar y administrarla. Durante décadas, el control de glucosa se basó en pruebas de orina, que reflejaban niveles pasados y no los valores reales en sangre. Los glucómetros domésticos, introducidos entre finales de los años setenta y principios de los ochenta, permitieron un autocontrol mucho más preciso. En la misma época aparecieron las bombas de insulina, que ofrecen infusión subcutánea continua. Ya en el siglo XXI, los monitores continuos de glucosa proporcionaron datos en tiempo real y alarmas, reduciendo de forma significativa el riesgo de hipoglucemia y mejorando el control glucémico. La última década ha visto el auge de los sistemas conocidos como «páncreas artificial»— que integran monitores, bombas de insulina y algoritmos capaces de ajustar automáticamente la administración de insulina. Paralelamente, la comprensión científica de la diabetes tipo 1 ha cambiado de forma radical. Antes considerada un trastorno puramente metabólico, en los años setenta se empezó a reconocer como una enfermedad autoinmune caracterizada por la destrucción de las células beta pancreáticas por parte del sistema inmune. Una década después, Jeffrey Bluestone, de la Universidad de Chicago, EE UU creaba el teplizumab, un anticuerpo monoclonal anti-CD3. Tras décadas de ensayos clínicos por varias organizaciones públicas y privadas, el laboratorio Provention Bio consiguió la aprobación del teplizumab en EE UU en 2022, convirtiéndose en el primer fármaco capaz de retrasar la aparición de la diabetes tipo 1 en individuos de alto riesgo. La empresa Sanofi proseguiría su desarrollo, consiguiendo la aprobación en la Union Europea en enero de 2026. La investigación en sustitución de células beta también ha avanzado. El trasplante de islotes pancreáticos, aprobado en Estados Unidos en 2023 para determinados pacientes con diabetes complicadas, ofrece la posibilidad de independencia de la insulina, aunque la escasez de donantes limita su uso. Las terapias con células madre diferenciadas hacia células productoras de insulina se encuentran actualmente en ensayos clínicos y podrían proporcionar una fuente renovable de células beta. En los últimos anos, laboratorios como Paulex Bio han comenzado el desarrollo de fármacos capaces de estimular el crecimiento de nuestras propias células beta pancreáticas. La evolución del tratamiento de la diabetes tipo 1 refleja 120 años de innovación científica. La investigación continúa avanzando hacia la prevención e incluso la curación. Y, sin duda, en otros 120 años la ciencia habrá conseguido que muchas más enfermedades hoy mortales sean curables.
