Aprender
30 de marzo 2026 - 04:22
Es una bendición y, sin embargo, muchos, aunque no lo confiesen, lo tienen por maldición. Aprender es saber un poco más… de lo que sea, por lo que habida cuenta de lo muy escaso de nuestro conocimiento, aprender se convierte en necesidad absoluta.
Como ocurre con todo, es imprescindible la disposición adecuada que nos coloque en situación de poder asimilar una parte de lo que hasta entonces no conocíamos. Sin la actitud necesaria, y suficiente, el aprendizaje es un imposible. Y se da la circunstancia de que uno de estos inexcusables requisitos, sine qua non, está entre los que menos abundan dentro de la marabunta en la que los humanos hemos transformado la realidad que compartimos: la humildad.
Tan sencillo como que para conseguir algo, salvo las desgracias -aunque cuando de ellas se trata no hablaríamos de «conseguir» si no de soportar, resignarse o padecer-, es obligado querer alcanzarlo. Los logros rara vez se quedan con quien no ha peleado por ellos. Pero resulta que entre nosotros si hay algo que sobra es vanidad, una insoportable saturación que apenas deja espacio libre para que la humildad se asiente, no digamos se extienda.
Si lo que nos otorga condición distintiva como seres humanos es el conocimiento, tratar de adquirir todo el que nos sea posible debiera ser irrenunciable anhelo de todos los que por humanos nos tenemos, aunque, como es evidente, no lo sea. Muestra, una más, de lo ingente de la estupidez que nos adorna.
Aprender, a más de reconocer que no se sabe lo que se quiere saber, conlleva esfuerzo, algo que, cuando de aprender se trata, tampoco sobra entre nosotros. La desidia se empeña en convencer, a quien no le opone suficiente resistencia, de lo inútil que resulta emplear el poco tiempo del que disponemos en el aprendizaje, en lugar de hacerlo en la holganza, la gula o lo que quiera que nos provea placer. Sugerencia a la que una pasmosa, por sorprendente, y pasmada, por estúpida y negligente, mayoría hace caso y obedece. Así nos va…
No obstante todavía quedan ejemplares en nuestra especie con la disposición correcta para aumentar lo exiguo del conocimiento que poseen. Pero no sólo el querer hacerlo es suficiente para lograrlo: ni todo el que lo desea puede aprender la parte que le es accesible de lo que no sabe -puede serle asequible pero él incapaz de dar con la manera de encontrar esa accesibilidad-, ni el que aprende, por el hecho de haberlo hecho, obtiene el conocimiento al que aspira, pues «el conocer» puede ser mucho más intenso, complejo, exigente y extenso que «el saber». Sin embargo esto no debería desanimar a nadie que aspire a recortar su ignorancia, más bien debiera ser acicate para no perder un instante en preparar lo necesario para disponernos a aprender y comenzar a intentarlo, de inmediato, después.
Una vez comenzado el camino que el aprender dibuja en el tiempo de nuestras vidas, vemos difícil que ningún ser dotado de razón pueda quedar al margen o permanecer impasible a la satisfacción que produce un conocimiento adquirido. Desde el chaval que aprende a leer, hasta el carpintero que da con el modo de encajar el mueble, pasando por el científico que resuelve una ecuación o el filósofo que halla respuesta a una hipótesis, todos somos más personas, y mucho más humanos, si dedicamos tiempo y encontramos tesón para hacer que nuestra la ignorancia mengüe.
Es una cosa que nunca he podido comprender: ¿cómo es posible, con la infinitud de conocimiento por aprender, que haya humanos que se puedan aburrir? ¡Ah, ya!: la estupidez… ¡otra vez!
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