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Jerez: primavera, intervenciones quirúrgicas y Mercedes Bellido

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17.04.2026

17 de abril 2026 - 05:00

La primavera, en Jerez, siempre es fulgente. Permanece en sazón como un tictac de luz renovada. El blablablá de los aburridos queda silenciado al ralentí. En buena hora nos afiliamos a esta estación del año. Siempre (nos) rejuvenece. La primavera es cómplice y catártica. Emerge como una reverberación federal de ciertos sentidos ahora resueltos -liberados- y sin embargo antes, durante el largo y frío invierno, pusilánimes. Agrietados. Aquietados. La primavera entreabre el desafío de un reencuentro: el de la concordia entre la libertad personal y su radio de acción. En este tiempo de sol y sal ya no parece -al menos a simple vista- que todo quisque ande a contrapelo del sentido común. La claridad ambiental nos cohesiona. El calendario es como una válvula de escape para los andarines -y no andariegos- estresados hasta el cogote. Al trantrán del calor que regresa -y se despereza- nos destapamos de abrigos, de prisas, de prosas, las bufandas se relegan al cajón de los olvidos, los paraguas cierran al unísono sus puntiagudas coronillas y ya, al fin, no observamos ni rastro de esos gladiadores numantinos revestidos de Papá Noel que repechan paredes y cuelgan de terrazas.

Las guayaberas asoman su estilismo por entre la penúltima puerta del ropero. El verano, siempre probo, se aproxima. Hay quien, entre buche y trago, dice jeremiadas. Al fin podemos lucir nuestra colección de correas argentinas. La hora del aperitivo se adelanta un tramo. El brindis ya huele a Feria. La crónica social nos reporta subrayados noticiables. Pasó por chapa y pintura el preclaro capataz jerezano Ezequiel Simancas. Su Fe es ejemplificadora. Y ejemplarizante. Ezequiel, que tiene don de mando y casta de líder, ha superado la prueba con creces. Siempre el Señor en el centro de todo. También ha pisado el taller de reparaciones Orlando Lucena Ortega, de la delegación diocesana de Hermandades y Cofradías. Sus muletas igualmente son compañeras de vida de un tiempo a esta parte. La cadera, que tiene su guasa y su mandanga. Si no, que le pregunten a su hermano Jesús, una de las más poderosas voces radiofónicas de la ciudad. La intervención quirúrgica ha ido sobre ruedas. Mejor así… El padre mi amiga Rosa Vega ha dado un paso de siete leguas en sus achaques de salud. O, para ser más exactos y exhaustivos, un salto de pértiga. Pepe le ha echado bemoles sin soltar venablos por la boca. Fuerza y contención maridados en sabrosura, o sea.

La muerte a menudo se quiere espontánea. Comúnmente sin gracejo. La necrológica jamás puede pecar de jactanciosa. Carecería de chispa e incluso de desquite. Las palabras se disgregarían por el desagüe de lo aquilatado. Y el obituario no admite la frialdad lapidaria de un mármol fúnebre. Escribir sobre la muerte es dédalo y no declinación. A veces los amigos muertos regresan sin previo aviso. Y sin tampoco parapetarse en el paréntesis abierto de un recuerdo que, por mor de nada, salte a colación. El escritor de notas luctuosas no ha de emboscarse en el tono flemático, porque pillará a trasmano la musicalidad caliente de las frases -ahora de ojos entornados-. También cuando la muerte se manifiesta… lo primero es el verbo. La semántica, entonces, hará las veces de jabón de sastre. Una necrológica periodística no alivia: sencillamente deposita… intensiones, esbozos, sedimentos, remembranza.

Los muertos no se marchan -ni de despiden a la francesa- porque permanecen en la certeza de la nostalgia, en el brillo de la enseñanza y en la inmortalidad de las fotografías. Asimismo, a qué negarlo, en la cuadratura sin diptongos del papel prensa. Sirvan estas disquisiciones -con olor a menta- como pésame al destacado belenista y veterano cofrade jerezano Juan Mateos Portillo. Acaba de perder Juan a la media naranja que durante décadas fue -y aun lo siguiera siendo allende las fronteras de esta realidad cuya exégesis a veces nos acogota- la niña de sus ojos. Ha muerto Mercedes Bellido Cárdenas. Guapa como ella sola, con su desparpajo y su empatía. Se daba a querer en razón a cuán cariñosa era con los demás. Gratis et amore. A tal señor, tan gran mujer. Juan -al que siempre adivinamos asido a una blanca túnica nazarena del Cristo del Amor- sabe que esta despedida no resulta definitiva. Volverán a encontrarse. A reencontrarse. Allí donde el dolor no existe. Porque en Mercedes y Juan se hace pureza la letra de ‘Los Panchos’: “Toda una vida me estaría contigo. No me importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti”.

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