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En Eivissa yo votaría a los árboles

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02.04.2026

Si por arte de encantamiento fuera posible que los árboles formaran un partido político en la isla, yo los votaría sin reserva alguna. Así, con toda naturalidad, bien sujeta y visible la papeleta en la mano con sus nombres en mayúscula, directa a la urna. ¿Desvarío yo? ¡Siempre!, santa locura, y que no me falte. Ya saben ustedes, queridos lectores, lo que reza el refrán: los niños y los locos siempre dicen la verdad. Sobre todo, en clave de fábula, como la que aquí sugiero.

No contento con esto, aún voy más lejos, ebrio de lucidez pellizcada de delirio. Llegado el caso de que los árboles se alzasen luego con el triunfo en las elecciones, nada me gustaría más que el Consell de Eivissa lo formaran sus ejemplares más ancianos −o sea, sabios−, uno por cada especie, al menos las más representativas, ya sean pinos, sabinas, olivos o higueras. No habría gobierno local más cualificado y venerable, ni que diera mayores muestras de ponderación, eficacia y economía en su administración. Ah, y a salvo de corruptelas de todo tipo. Ni sobornándolos con el mejor abono ni con la mejor tierra sucumbirían. Ni siquiera poniéndoles una parcelita en un botánico de ensueño.

¿Quién mejor para ‘gestionar’ el aire, el agua y la tierra que nos rodea y nos mantiene con vida que los propios árboles? Nadie se las arreglaría mejor que ellos para administrarnos semejante patrimonio. No hay político que acumule mayores títulos para tales menesteres que los que ellos ostentan tras milenios de experiencia.

En Eivissa, donde el agua es un bien escaso cuyo siempre incierto aprovisionamiento depende del régimen de lluvias que los dioses tengan a bien enviarnos (pocos meses atrás, algún esforzado párroco se pasó de rosca con las rogativas al uso), los árboles son todo un ejemplo a seguir de cómo suministrar ese tesoro líquido. Nadie tan eficiente en su uso. Juzguen ustedes si no es para tomar nota. Un árbol encamina el agua desde las raíces hasta la corona a través de su interior, utilizando la madera a modo de canal mediante un sistema conductor formado por células llamadas traqueidas en las coníferas. ¡Qué grandes ingenieros estos admirables gigantes del reino vegetal! Cómo elevan el agua por el interior del tronco superando la ley de la gravedad. ¡Y sin bomba hidráulica! Ya podría aprender la empresa que, tan pésimamente, surte de agua potable la urbanización donde vivo cuando permanezco en la isla.

Otra particularidad esencial de los bosques respecto a su buen hacer con el agua es que, además de atraer lluvias al crear su propio microclima −algo bien visible en el norte de Eivissa, con lo cual se recargan los acuíferos de la isla−, controlan también el ciclo del agua, puesto que acaban por devolver una parte importante de las precipitaciones a la atmósfera circundante. Regresa a esta la mitad de las mismas mediante la llamada evapotranspiración. De nuestra mano no regresa ni una gota.

Aparte de ser un filtro natural que contribuye a la calidad del aire, los árboles resultan primordiales para la formación de la capa superior del suelo −el humus o mantillo−, constituyendo una indispensable fuente de biomasa orgánica. Aportan grandes cantidades de materia prima para su formación, una parte de la cual se encuentra en el suelo como materia inerte (troncos, hojas muertas, frutos, ramas…). Esta es degradada por la fauna epigea (invertebrados que viven en la tierra) y los hongos, que acaban por transformarla en humus.

En el maravilloso libro ‘Los árboles en lo visible e invisible’, del investigador forestal suizo Ernst Zürcher, se lee lo siguiente: «En zonas profundas, la raíz del árbol mantiene un contacto estrecho con el mundo mineral: segrega ácidos y ataca las rocas y piedras hasta transformarlas en arcilla. El humus se crea en la superficie, mientras que la arcilla se crea en la profundidad». En Eivissa, son justamente los suelos en los que aparece el limo en combinación con la arcilla los más productivos agrícolamente.

En resumidas cuentas, nadie mejor que los árboles para proporcionarnos y administrarnos algunos de los elementos básicos de la vida. Incluso hasta de una parte sustancial de nuestro ocio, pues pocas cosas son tan relajantes como aventurarnos a pie por un bosque. Atravesándolo al ritmo de nuestra respiración, parecemos flotar sobre una esponja de umbrías sobre las que el sol clava a capricho sus lanzas de oro al filtrarse entre las ramas. En ningún otro lugar el corazón bombea lo mejor de cada uno de nosotros, mientras caminamos bajo una bóveda interminable de pájaros y hojas entrelazados que intercambian alas, trinos y colores para gozo de todos los seres sintientes. Sí, que no se equivoquen los marisabidillos de las ciencias naturales, las hojas también gorjean y vuelan cuando la brisa sopla. Y sí, también los pájaros saben permanecer estáticos en las ramas y mudar la coloración del plumaje con las estaciones.n

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