El cerdo
Según el horóscopo chino, que me envía mi amigo Félix Lam desde Chinatown, en Nueva York, este año 2026 soy un cerdo. Coño, ya podrían los chinos haberme asimilado a un animal más limpio. Luego, cuando desarrollas la cosa, ya todo parece más agradable. Soy sincero, confiado, cariñoso, trabajador y valiente. Soy también ameno y derrocho buenos modales. Además, soy seductor y apasionado en el amor (quizá haya que poner el verbo en pasado; y ni eso). El horóscopo concluye, esta vez acertadamente, que la falta de ejercicio me hace engordar. Yo bromeo mucho con Félix, que es medio chino (por parte de padre) y medio cubano (por parte de madre) sobre su vida. De pequeño lo mandaron desde Cuba a Cantón y aprendió chino cantonés y chino mandarín y se olvidó de hablar en español. Regresó a Cuba hablando chino. Cuando huyó de Cuba a México, por la llegada de Fidel, hablaba más chino que castellano. Luego emigró a Costa Rica y tuvo que reaprender el español para trabajar como cocinero. Más tarde viajó a los Estados Unidos y se nacionalizó norteamericano, por lo que tuvo que aprender inglés. Pero no se le entiende nada de lo que dice ni en español, ni en inglés. Sólo le entiendo yo y los chinos de Chinatown, en Nueva York, donde nos hemos metido entre pecho y espalda toneladas de wantún frito. Una vez invitamos a comer allí a un famoso periodista español y a su esposa, que era una melindrosa. Cuando ella se estaba comiendo vorazmente una sopa de aleta de tiburón se me ocurrió decirle que los chinos la revolvían metiendo los dos pies del cocinero dentro del caldero. Acabó la mujer en el baño, vomitando. Yo también lo hubiera hecho, porque el cocinero –que se asomó— tenía una pinta de jediondo que agüita. Quizá por eso este año soy un cerdo, en chino.
