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La carrera

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03.04.2026

03 de abril 2026 - 03:08

Conociéndola desde la niñez como la conozco, no me sorprendería lo más mínimo que, tras lo ocurrido en la madrugada de ayer durante la procesión del jueves santo, mi amiga Mariola le haya hecho la cruz para los restos a la Semana Santa. Parecía una modelo de lo guapa que iba. Quitaba el hipo el broche isabelino de oro blanco con brillantes que, justo en el lugar del moño donde enraíza la peineta de teja, anclaba una mantilla de chantilly negra perfecta y simétricamente fruncida que se desmallaba rumbosamente hasta un poquito más abajo de la cadera. A juego con el broche, ostentaba unos zarcillos del mismo material cuyos cristales no hallaban competencia en la incierta oscuridad de un cielo urbano resacoso de añil y desahuciado de estrellas. Y a juego con la mantilla, desplegaba de tarde en tarde un abanico puñal de chantilly no tanto para refrescarse el rostro cuanto para pavonearse retadora ante las miradas más inquisitivas de la feligresía, entre ellas la mía.

Se conoce que inspirándose en cientos de imágenes cosechadas en Pinterest había convenido desde prácticamente el arranque de la Cuaresma con su madre y con su tata Virtudes una por una todas las características del vestido que, confeccionado a mano en tiempo récord, lucía anoche en la procesión: el tejido de terciopelo labrado, el escote en pico, las mangas largas y el corte entallado por arriba y ensanchado por abajo en forma de falda corta evasé cubriendo el muslamen dos dedos por encima de las rodillas. Aunque colijo que esto último no lo habría negociado, pues buena es Mariola para que su madre, su tata o el sursum corda metan las narices en si enseña o no las piernas al personal, cuando todo el mundo sabe que es práctica común entre nosotras las alumnas del María Magdalena acortar el largo reglamentario de la faldita haciendo dobleces por la cintura. El pecado está en quien mira ¿o no?

Sin embargo, este viaje le salió carísimo lucir las piernas, ya que, en llegando a la plaza de la catedral la centuria negra de las mantillas, al saberse Mariola enfocada por una de las cámaras de televisión española, bajó simuladamente la vista para recrearse en el principal encanto de su fisonomía y descubrió con pavor quijotesco que del muslo a la rodilla se le habían soltado «no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía».

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