¿Por qué estaban clasificados?
Reconozco que les escribo del asunto sin demasiado conocimiento de causa. Es decir, me he bajado el tocho entero de documentación desclasificada del 23F, pero no lo he leído. Ni falta que me hizo, porque afortunadamente, uso como prescriptores a gente tan certera y fiable como Denny Horror y Alberto Núñez Feijóo.
Por Denny –y, sin quitarle mérito a él, también por la inmensa mayoría de mis amistades y por el runrún mediático– sé que el meollo del asunto son las conversaciones de la señora de Tejero. Por si fuese poco la imagen cañí de un guardia civil con bigote y tricornio poniéndose farruco en la sede de la soberanía popular, ahora todo el mundo sabe que el teniente coronel estaba considerado en casa como lo que en ese ambiente social se calificaba como un calzonazos. Un tipo todo lo campechano que quieran, pero del que se aprovechaba todo el mundo. Por tonto, según la opinión que su santa no se recataba en pregonar a sus amistades.
No dudo de que en chez Tejero se respiraba a diario un ambiente firmemente patriótico. Se palpa físicamente como la niebla espesa o el humo cuando se podía fumar en los pubs al escuchar las conversaciones de Carmen Díez Pereira (que, con esos apellidos, debía ser paisana mía) con sus amigas Herminia, Carmen Elvira o Sofía. Y eso que entonces –1981– ni había móviles ni mucho menos whastapp (pena de grupo que podrían haber tenido las señoras). Patriotismo del de antes, mezcla de olor de repollo cocido y de cera para el parqué del comedor y del santo temor de qué será de nosotros –de España, ese ente– cuando Él nos deje.
Ese círculo de rabia y pena de las amigas de la señora de Tejero, mujeres excluidas de los tejemanejes de los hombres (“esos tontos”), me recuerda una vez que fui a hacer un reportaje en la exangüe –ahora extinta– Peña Taurina de A Coruña (¿Afición a los toros en Galicia? Hay un aficionado en Monforte y se sospecha de otro”, decía el periodista Wenceslao Fernández Flórez). Las que estaban en la sede, y la regentaban, eran todas mujeres. Esposas, en concreto. “¿Les gustan los toros?”. “Sí, claro”. “Pero ¿van a las corridas?”. “Bueno, no mucho… casi nunca. Venimos aquí porque hablamos y pasamos el rato”. Como venía a decir Gerardo Tecé en su celebrada carta, en el fondo todos somos personas (por mucho que unos más personas que otros). Tejero se fue a la guerra contra la democracia instigado, sí, por el acendrado patriotismo de acero colado que atesoraba, pero quizá también para demostrar algo en casa.
En lo que se refiere a los autores –llamémosle– intelectuales del 23F, lo desclasificado no añade nada a lo que ya se sabía, o más exactamente, a lo que se había publicado. Los usos de la investigación y la información periodística en España no exigen conocimiento profundo de los hechos, o su análisis, sino salseo. Con leer lo de Carmen Díez de Tejero nos llega y nos sobra para aprehender lo esencial. Que fue un golpe a lo Pesadilla en la cocina, con unos escaqueándose, otros gritando como energúmenos y todos pasando de los sufridos parroquianos.
Mi otro prescriptor, Alberto Núñez Feijóo, confirma esa teoría de que lo importante no es lo que pasó realmente, sino el anecdotario generado por lo que pasaba. De hecho, cuando en el 25 aniversario del frustrado putsch el diario La Voz de Galicia preguntó a los líderes políticos gallegos cómo habían reaccionado aquellas horas, el entonces jefe de la oposición contestó que se había planteado irse en coche con un amigo a Portugal. No porque pudiese temer represalia alguna, sino “en busca de aire nuevo” (o algo así de indefinido). En plan Thelma y Louise, vamos. Ahora, como los tronistas de segunda fila en los teleshows, para tener algo de cuota de pantalla, Feijóo se limita a secundar el revelador testimonio del corifeo principal, Aznar, y pide la vuelta a España del entonces rey. Yo tenía la impresión de que el monarca antes conocido como El Campechano y ahora El Emérito no se había ido a lo Simbad porque hubiese indicios de su participación, por acción u omisión, en el 23F, sino porque sus cuentas con el fisco no estaban claras.
Además de ser contradictorio con sus reiteradas demandas de que un gobernante –siempre que el gobernante sea Pedro Sánchez– es responsable de los actos de sus subordinados, que Feijóo pida el regreso del Emérito, como si éste hubiese tenido que salir por piernas como su abuelo, después de respaldar una dictadura, es un tanto absurdo. El Emérito ya viene (salvo que Sanxenxo no sea territorio español) cuando le sale del yate. Lo del presidente del PP es como exigirle al Gobierno que deje volver a los youtubers exiliados en Andorra.
El enrarecimiento –por llamarlo de alguna forma– del clima bélico de la zona donde reside parecería reforzar con una faceta humanitaria la operación regreso. Se nos ha dado a conocer que Juan Carlos I no está en su residencia habitual, sino en un hotel. Pero a diferencia del colectivo de compatriotas que andaban por allí por razones de trabajo o turismo y, a raíz de las acciones de la joint venture Trump-Netanyahu, permanecen confinados a la fuerza, sin vuelos de vuelta, saturando los teléfonos de emergencia de consulados y embajadas, la mudanza del Emérito no se debe a cuestiones de seguridad, sino a que su domicilio habitual está en obras desde hace un mes. Y todos –incluso probablemente él– sabemos lo que son las obras en casa.
En cualquier caso, lo que me gustaría es que alguien con conocimiento de causa me explicase por qué estaban clasificados los documentos ahora desclasificados. Salvo que fuese para salvaguardar la intimidad de los Tejero-Díez.
