La fidelidad del “renegado”
Damir Karakaš, uno de los autores más prestigiosos de la literatura croata contemporánea, aborda de una forma singular un mundo sobre el que apenas se ha escrito. Nacido en un pequeño pueblo de la aislada región de Lika, se interesó por la literatura en un entorno nada receptivo a ella y, desde que se marchó a estudiar a Zagreb, la capital de Croacia, empezó a distanciarse de una arraigada tradición familiar: el culto a los abuelos que, durante la Segunda Guerra Mundial, habían luchado en el bando de los ustachas, los colaboracionistas de las Potencias del Eje que gobernaron el Estado Independiente de Croacia. Su cuestionamiento de esta glorificación le ha causado graves disgustos, incluido un ataque a punta de navaja a consecuencia del cual perdió el bazo; pero al mismo tiempo le ha permitido construir un fascinante retrato de Lika. Célebre por mostrar con crudeza el mundo del que proviene y por su estilo a la vez lacónico y poético, Karakaš se ha convertido en una referencia de la literatura croata, con un estatus internacional creciente gracias a obras como Celebración, su primera novela traducida al castellano.
En sus entrevistas a los medios, Karakaš gusta de decir: “A mí me han formado Kafka y Lika”. Esa Lika que aparece como influencia fundamental junto al gran escritor praguense es la región originaria de Karakaš, que hasta no hace tanto la mayoría de croatas conocía apenas porque deben cruzarla cada verano en su camino hacia la costa del Adriático. Se trata de una zona montañosa, agreste y casi despoblada, de clima hostil y tierra escasa en frutos: la roca cárstica, con tendencia a hundirse tanto en su superficie –formando cráteres– como por debajo de ella –abriendo fosas naturales, cuyo fondo en muchos casos se desconoce–, resulta poco propicia para la agricultura. En esa Lika desabrida y estéril, los personajes del autor se suelen ver forzados a tomar crudas decisiones sobre la vida y la muerte. Valga como ejemplo un relato de su libro Cine Lika (2008), en el que un padre decide retirar el agua a su hijo enfermo para dársela a los bueyes porque, si ellos desfallecen, no podrá arar y el resto de la familia se morirá de hambre.
Karakaš creció en Gornja Plašćica, una aldea perdida entre los montes
Karakaš creció en Gornja Plašćica, una aldea perdida entre los montes
Dentro de esa región ya solitaria de por sí, Karakaš creció en Gornja Plašćica, una aldea perdida entre los montes que, como el resto de Lika, sufre un arrasador declive demográfico. Cuando el autor era pequeño, Gornja Plašćica tenía unos cincuenta o sesenta habitantes, pero ahora mismo solo viven allí tres personas: sus padres y un viejo policía solterón. Karakaš pasó su infancia como un niño de aldea más, ayudando a los suyos con las labores del campo y la casa, hasta que se aficionó a la literatura por una casualidad inverosímil. Un vecino admirador de los clásicos rusos del siglo XIX los leía y dejaba en una letrina que también usaba el pequeño........
