Cuba: la Isla en pausa 2.0
En la playa de los Pinitos, en Matanzas, Cuba, no hay pinos; solo cocoteros escuálidos cuyos penachos agita el frenético viento, un montón de sargazo, aves carroñeras que buscan el cadáver de algún perro callejero en su orilla y unas cuantas personas obstinadas que se desparraman por sus arenas.
Una semana atrás, el 5 de febrero, el presidente de la República, Miguel Mario Díaz-Canel, anunció en una conferencia de prensa que se tomarían medidas de contingencia –todavía más de las ya imperantes y que de por sí ahogaban a la población– ante el recrudecimiento de la política trumpista, sobre todo lo relacionado con la falta de combustible.
Al día siguiente, en la Mesa Redonda, programa vocero del Gobierno, miembros de los diferentes ministerios comunicaron cuáles serían los acuerdos: reducción de los horarios laborales y la prestación de servicios de instituciones públicas como escuelas primarias, oficinas de trámites o casi cualquier entidad estatal. La Isla entraba en una pausa indefinida.
Nadie se baña. Los Pinitos no es uno de esos rincones paradisíacos que encuentras en las agencias de viaje donde promocionan los encantos de Cuba. Sus arenas no brillan doradas; sino más bien grisáceas, con la ternura del cemento. Sus aguas se presentan turbias y las marejadas fuertes, provocadas por las ráfagas que arriban desde el mar Caribe, las revuelven aún más.
Si estuviéramos en el verano encontraríamos quizás un par de bañistas, gente que prefiere ignorar los dos tubos de desecho que desembocan en la playa y los ocasionales cardúmenes de petróleo arrastrados desde el otro lado de la bahía de Matanzas, una ciudad a cien kilómetros de La Habana. Sin embargo, febrero trajo lo más parecido a un invierno en el Trópico. Días atrás se registró por primera vez una temperatura de cero grados en un campo al interior de Cuba. La gente, desesperada por un milagro, creyó que nevaría.
Además, el mar está picado. Las olas se levantan como pequeñas guadañas. Solo un par de pescadores con sus tarrayas –redes que lanzan hacia adelante como si tendieran una cama– desafían las bajas temperaturas. Avanzan hasta que el agua les llega al vientre y se quedan ahí, pacientes, en espera de unas presas más hipotéticas que reales.
Unas niñas recién llegadas les preguntan a sus madres a qué se dedican esos hombres que caminan por el océano totalmente vestidos. “A sobrevivir, como nosotros”, les responden. Luego quedan en silencio unos minutos.
Aparte de ellas, en la orilla, bajo las escuetas sombras de los cocoteros, acostados en el margen de yerba que antecede a la arena o más atrás, sentados en un pequeño malecón, decenas de personas tratan de escapar de la cotidianidad agobiante. Notas en las expresiones de su rostro “el obstine”. Ese sentimiento, mezcla de cansancio, tedio e ira contenida, que........
