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Cuba: la Isla en pausa 2.0

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13.02.2026

En la playa de los Pinitos, en Matanzas, Cuba, no hay pinos; solo cocoteros escuálidos cuyos penachos agita el frenético viento, un montón de sargazo, aves carroñeras que buscan el cadáver de algún perro callejero en su orilla y unas cuantas personas obstinadas que se desparraman por sus arenas.

Una semana atrás, el 5 de febrero, el presidente de la República, Miguel Mario Díaz-Canel, anunció en una conferencia de prensa que se tomarían medidas de contingencia –todavía más de las ya imperantes y que de por sí ahogaban a la población– ante el recrudecimiento de la política trumpista, sobre todo lo relacionado con la falta de combustible.

Al día siguiente, en la Mesa Redonda, programa vocero del Gobierno, miembros de los diferentes ministerios comunicaron cuáles serían los acuerdos: reducción de los horarios laborales y la prestación de servicios de instituciones públicas como escuelas primarias, oficinas de trámites o casi cualquier entidad estatal. La Isla entraba en una pausa indefinida.

Nadie se baña. Los Pinitos no es uno de esos rincones paradisíacos que encuentras en las agencias de viaje donde promocionan los encantos de Cuba. Sus arenas no brillan doradas; sino más bien grisáceas, con la ternura del cemento. Sus aguas se presentan turbias y las marejadas fuertes, provocadas por las ráfagas que arriban desde el mar Caribe, las revuelven aún más.

Si estuviéramos en el verano encontraríamos quizás un par de bañistas, gente que prefiere ignorar los dos tubos de desecho que desembocan en la playa y los ocasionales cardúmenes de petróleo arrastrados desde el otro lado de la bahía de Matanzas, una ciudad a cien kilómetros de La Habana. Sin embargo, febrero trajo lo más parecido a un invierno en el Trópico. Días atrás se registró por primera vez una temperatura de cero grados en un campo al interior de Cuba. La gente, desesperada por un milagro, creyó que nevaría.

Además, el mar está picado. Las olas se levantan como pequeñas guadañas. Solo un par de pescadores con sus tarrayas –redes que lanzan hacia adelante como si tendieran una cama– desafían las bajas temperaturas. Avanzan hasta que el agua les llega al vientre y se quedan ahí, pacientes, en espera de unas presas más hipotéticas que reales.

Unas niñas recién llegadas les preguntan a sus madres a qué se dedican esos hombres que caminan por el océano totalmente vestidos. “A sobrevivir, como nosotros”, les responden. Luego quedan en silencio unos minutos.

Aparte de ellas, en la orilla, bajo las escuetas sombras de los cocoteros, acostados en el margen de yerba que antecede a la arena o más atrás, sentados en un pequeño malecón, decenas de personas tratan de escapar de la cotidianidad agobiante. Notas en las expresiones de su rostro “el obstine”. Ese sentimiento, mezcla de cansancio, tedio e ira contenida, que tan bien conocen los cubanos.

En los centros laborales acortaron los horarios. La conexión canija complejiza el único entretenimiento de muchos: matarse a reels

En los centros laborales acortaron los horarios. La conexión canija complejiza el único entretenimiento de muchos: matarse a reels

No les restan pendientes en sus hogares porque, lo más probable, no dispongan de servicio eléctrico desde hace más de dieciocho horas. Quizás deban encender el carbón para calentar la comida que prepararon en su única hora de luz durante la madrugada; pero procrastinan tiznándose las manos y las cejas y rompiéndose las muñecas mientras avivan las brasas a golpe de abanico.

Tampoco cuentan con agua corriente para lavar trastos, pañales o sus propios cuerpos sudados, porque el bombeo falla a causa de los mismos apagones. En sus centros laborales les acortaron los horarios y disminuyeron a la mitad o a un tercio sus responsabilidades. La conexión canija complejiza el único entretenimiento de muchos: empuñar los teléfonos móviles y matarse a reels y fake news.

Como los animales callejeros, van a morir a la playa, arrollados por la rutina, agotados por ser las víctimas de conflictos políticos demasiado grandes para su percepción de criaturas indefensas, los cuales observan con los mismos ojos de incomprensión con que miraría un perro un auto a dos segundos de impactarlo al cruzar una calle. No entienden nada. No les interesan las poderosas fuerzas geopolíticas que mueven el mundo. Solo quieren cruzar el día y llegar a salvo a la mañana siguiente.

Desde hace algunos años la Isla sufre una policrisis de origen, sobre todo, económico que ha adquirido matices políticos y sociales. Todo se desencadenó, a lo mejor, después de la caída del muro de Berlín y la pérdida de la ayuda brindada por el extinto campo socialista. Comenzó en ese momento el llamado Periodo Especial, una serie de medidas y disposiciones creadas para tiempo de guerra y que, como última opción, debieron implementarse en la paz.

Aparecieron las escaseces de productos –desde el papel sanitario hasta la compota– y los cortes del fluido eléctrico, fiera voltaica que nombramos apagones. El transporte público poco a poco se extinguió y el país se puso a dar pedales en bicicleta. El pueblo llano (los taxistas, las contadoras, las madres que llevan sus hijas a la playa, los jubilados), como siempre sucede en estos casos, fue el más afectado.

En los años dos mil la situación presentó una mejoría. El Periodo Especial solo se escondió para resurgir después. La crisis no se esfumó, solo se volvió leve, tanto como puede ser cualquiera de su tipo en un país subdesarrollado y mal desarrollado. Tal vez ocurrió por el acercamiento a la Venezuela de Chávez o por resguardarse bajo la sombra –no tan escuálida como los cocoteros de Los Pinitos– de la China socialista, de la Rusia de Putin.

En los noventa, Fidel estaba presente, pero murió y con él parte de su fuerza simbólica y la implacabilidad del discurso antimperialista. Raúl, su hermano, asumió el control. Bajo la administración Obama hubo acercamientos entre Cuba y Estados Unidos. Se pensó que algo cambiaría y se darían los primeros pasos hacia una relación de contubernio o, por lo menos, respeto entre los dos vecinos; pero Barack se retiró e irrumpió Donald con su soberbia, su radicalismo y su propensión al show mediático.

En su primer mandato se recrudecieron los problemas financieros y de abastecimiento. Durante Biden, aunque existió una especie de pax romana, la nación caribeña ya iba cuesta abajo, por culpa de la pandemia de la covid-19 y el erróneo implemento de determinadas políticas sociales y económicas. Cuando Trump regresó, más suelto y desinhibido que nunca, las tensiones entre los Estados alcanzaron un punto álgido.

Si Cuba fuera una película sería un largo drama independiente con demasiados puntos de giro, una trama compleja que roza el surrealismo de Luis Buñuel y la teoría de la bomba de Hitchcock. Sin embargo, desde el entierro de la URSS para acá parece que Dios o Maquiavelo o el mercado o quien quiera que tenga en su poder el mando universal la coloca en cámara lenta. Entonces bajan a su antojo los frames por segundo. En los noventa, durante el Periodo Especial, el movimiento de los personajes fue laxo, de gestos pesados; pero ahora, vamos tan despacio que parece un prolongado pause.

Dos niñas apartan el sargazo con sus manitas para buscar caracolas o piedras talladas por la sal marina debajo de este. Milena, madre de Gema, la más pequeña de ambas, la regaña porque se acerca demasiado a la orilla y puede mojarse los zapatos. Con la inflación en el mercado negro, el único donde se pueden adquirir, un par puede costar cuatro mil pesos, solo seiscientos pesos menos que el salario promedio de un profesional.

Aún no han dado las tres de la tarde y el sol a contraste con el plomizo cielo invernal luce como una moneda de plata. A esta hora normalmente Gema, de tres años, debería estar en el círculo infantil. Sin embargo, después del paquete de medidas anunciadas en la Mesa Redonda estos abrirán solo hasta las doce y no hasta las cinco como de costumbre.

Estas instituciones se crearon décadas atrás para ayudar a las madres trabajadoras. Durante mucho tiempo formaron parte de una serie de políticas sociales llamadas “logros de la Revolución”, erosionadas, casi deshechas, por la crisis.

Milena, bibliotecaria pública, ahora puede trabajar solo media jornada, por lo que la amenazan con rebajarle el salario hasta el sesenta por ciento del total si no demuestra que su labor resulta imprescindible. Para probarlo necesita un tiempo del cual no dispone, porque ahora debe dedicarle aún más atención a su hija. Escila y Caribdis, aburridos del mar Egeo, han decidido nadar hasta el Caribe.

La segunda niña, Gia, de cinco años, levanta una concha y se la enseña a Dalianys, su mamá. Esta le sonríe débilmente. Milena, a su lado, la toca por la costilla, para que aumente la intensidad del gesto. Ellas no pueden parecer amilanadas, aunque sí lo estén.

Dalianys trabaja de carpetera [recepcionista] en un hotel de Varadero, principal polo de sol y playa de Cuba, a unos treinta kilómetros de Matanzas. Días atrás le advirtieron que los ómnibus a su disposición para trasladarla no saldrían más. Le ofrecieron la opción de albergarse durante una semana en las instalaciones. Con una infante que aún depende de ella no puede darse dicho lujo. Por un momento pensó en pagar taxis; sin embargo, su capital no le alcanza.

Quizás en otro momentos sí, cuando llegaban más extranjeros. Como carpetera la propina constituye su principal entrada. Con veinte dólares factura unos diez mil pesos, más del doble del salario de Milena, gracias a la devaluación de la moneda nacional.

Sin embargo, cada día menos visitantes aterrizan en Cuba, porque las dificultades en los servicios básicos también han afectado a los centros turísticos. Nadie quiere irse a vacacionar y descargar el baño con un cubo o pasarse una noche a oscuras asediado por mosquitos. Dalianys pronto deberá renunciar a su puesto. “Estoy desesperada. Todo está demasiado caro. Este no es un buen momento para quedarse en la calle, si existe algo como un buen momento para quedarse en la calle”, comenta.

En Los Pinitos, al igual que esas dos mujeres, muchos de los presentes parecen atribulados. A algunos se les nota en la frecuencia en que fuman. Cada cinco minutos se esconden dentro del pulóver para que el viento no apague la llama de las fosforeras. Otros deambulan y patean el primer pedazo de rama o pomo plástico encallados en la arena. Los más no tienen fuerzas para mover sus huesos de coral. Así de derrotados están.

No les importa, en estos momentos, ni Bad Bunny en la Superbowl o qué ocurrirá en el juicio contra Maduro, incluso que hace pocas jornadas atrás un termómetro haya marcado los cero grados en un campo perdido al interior del país. Ya no creen que nevará. Su mente se halla en otra parte.

Ellos son cabezas de familia; personas a las cuales sus sueños de bienestar se les escapan entre los dedos y no poseen la paciencia de los pescadores con sus tarrayas para esperar por peces y días aciagos; estudiantes que ya no tendrán que asistir a las universidades y ahora recibirán las clases vía WhatsApp. A causa de decisiones que los trascienden, un montón de personas se hallan en pausa. Los acaba no saber cuándo Dios o Maquiavelo o el Mercado, aquel que tenga el mando universal, apretará el play y pondrá otra vez todo en marcha.


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