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Gachas

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30.04.2026

-ET IN ARCADIA EGO. Mis abuelitos vivían en una casa de otro mundo. Exterminado. Se trataba de una casa tal y como la hubiera dibujado un niño. Cuatro paredes, una chimenea echando humo, una nube, el sol y un pequeño patio, en el que había un palosanto, que es como se llamaban a los caquis antes de que alguien les diera una segunda oportunidad cambiándoles de nombre artístico. Por todo ello mis abuelitos pagaban un alquiler, desde antes de la Guerra Civil, que, con el tiempo, había pasado a ser ridículo. Aquella casa era asombrosa. A pesar de su pequeño tamaño tenía un gallinero con gallinas y conejos, un trastero formidable, repleto de herramientas asombrosas y, en los zócalos de las paredes de todos las habitaciones de aquella casa, que hoy vuelve a ser reconstruida desde el polvo hasta la solidez de mi recuerdo, había agujeros diminutos, que habían roído los ratones, esos animales humildes y simpáticos y carentes de maldad, como todos los habitantes de aquella casa. Mis abuelitos ni gritaban ni daban órdenes, por lo que su contacto era el más civilizado de mi entorno y fabricaba los instantes de mayor orden y tranquilidad de mi niñez. De hecho, lo comprendo ahora, aquella casa fue el vértice de mi educación, una educación que consistía en hablar y escuchar, en pasarme horas frente al agujero de un ratón, esperando que saliera para hacernos amigos, hablar por horas y, algún día, presentarnos, orgullosos, a nuestros hijos. Mi educación era jugar en el patio hasta el momento fatal en el que, chof, cayera un palosanto sobre la cabeza de alguien. Era ir a mangarles los huevos a las gallinas, casi tan altas como yo y con peor mala uva. Y, por encima de todo, era asistir a una cita mensual especial, que mi abuelita acordaba con todos sus nietos. Una vez al mes, y hasta que fuimos adultos y toda la infancia –sus escenarios, personajes y asideros–, desapareció, con la crueldad y precisión habitual, mi abuelita nos invitaba a comer algo que ella llamaba migas –no lo eran; ¿qué eran?; sin duda, esta es la tensión, la incógnita, la espera de este artículo–. Nos enloquecía ese plato, que comíamos mientras hablábamos y reíamos. Los mayores lo tomaban de una sartén gigantesca, ubicada en el centro de la mesa. Los diminutos tenían el privilegio, momentáneo, de comer sus migas en una sartén diminuta, muy graciosa y para ellos solos. Mi abuelita procedía de un punto del mapa minúsculo, ubicado en Almería. Había llegado al cinturón de Barcelona en los años veinte, siendo apenas una niña. Supongo que, por ello, carecía del peculiar acento de Almería, que es el de Murcia con alguna que otra superproducción. En su lugar, hablaba un castellano con acento neutro, si bien repleto de léxico catalán. De hecho, lo único de Almería que tenía a mano, y lo único que, en ese sentido, nos transmitió, eran esas migas mensuales. Que –vaya, la tensión, la incógnita de este artículo ha durado poco; como escritor de thriller soy una estafa– no eran, propiamente migas. Las migas son una elaboración hecha a partir de pan, previamente humedecido y después, cocinado sobre una grasa –aceite, manteca– y ajos, mientras que aquello que comíamos era harina, el paso anterior al pan y, por lo mismo, un plato, por fuerza, mucho más antiguo que el pan. Era, más concretamente, harina cocinada en grasa –aceite, con ajos........

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