El truño que todos nos perdimos
No se hablaba tanto de un evento fallido desde las Olimpiadas de Madrid. Siguen a hostia limpia los señores que iban a debatir estos días en Sevilla bajo el título “1936: la guerra que todos perdimos”. En un primer borrador, el ciclo de conferencias organizadas por la Fundación Cajasol iba a llamarse “Golpes de Estado, fusilamientos de demócratas y otros fenómenos atmosféricos”, pero hasta a Reverte le pareció demasiado. Desde que se anunció el bolo, comenzó la vergüenza ajena del cartel, llegaron las primeras renuncias y con ellas las hostilidades, hemos vivido semanas ajetreadas en la esfera intelectual española, es decir, ese universo de señores que hablan despacio y con tono grave. Tan ajetreadas que, hasta hace cuatro días, don Arturo Pérez-Reverte, intelectual de cabecera de la España de bien junto a Felipe González, Rafael Nadal, Trancas y Barrancas, decía admirar a David Uclés, primer canario de la mina en desmayarse al recibir el pestazo a grisú. Hoy Reverte odia a Uclés cuchillo en mano: “Lastimero e infantil, Uclés se ha desacreditado a sí mismo y no queremos que en el futuro desacredite........
