La selección que crece y el vice que sobra
Perder también puede ser una forma de crecer. Suena a consuelo barato, sí, a esa frase que se le dice al niño que vuelve del campeonato colegial con las manos vacías y los ojos mojados. Pero no siempre es mentira. A veces una derrota no clausura nada; al contrario, abre una puerta. Bolivia perdió 2-1 contra Irak en Monterrey y se quedó fuera del Mundial 2026. El golpe fue duro, porque el sueño estaba ahí, a un partido de distancia. Antes, además, esta misma selección había remontado y derrotado 2-1 a Surinam para meterse en la final del repechaje. No alcanzó, pero esta vez la eliminación no deja solo ceniza, deja algo más incómodo y más valioso: futuro.
Porque conviene recordar de dónde venía esta selección. Bolivia llegó al repechaje después de un proceso accidentado, con cambios de técnico, resultados pobres y esa vieja sensación de que todo estaba condenado antes de empezar. Y de pronto apareció Óscar Villegas e hizo algo casi revolucionario para nuestros usos y costumbres: apostar por jóvenes en vez de seguir administrando ruinas. FIFA y otros medios destacaron justamente eso, la renovación generacional, la irrupción de futbolistas como Miguel Terceros y la sensación de que este grupo no vino a cargar “una maleta de fracasos ajenos”.
Es decir, por una vez, en vez de maquillar el cadáver, alguien intentó construir un cuerpo nuevo. Y esos muchachos respondieron. No clasificaron, pero compitieron. No hicieron el ridículo, que para Bolivia ya sería un alivio estadístico; hicieron algo más raro: ilusionaron. Le devolvieron dignidad a una camiseta que durante años parecía usada solo para administrar derrotas con solemnidad patriótica. A ratos jugaron bien, a ratos sufrieron, a ratos se equivocaron como lo hacen los jóvenes, pero dejaron la impresión de que esto recién empieza. Hay una selección con potencial, y eso, en el Estado Plurinacional, ya es noticia.
Ahora bien, mientras los convocados por Villegas corrían, metían y crecían, apareció en escena otro tipo de convocado. Uno que nadie pidió, pero que igual llegó: el vicepresidente Edmand Lara. Ahí estaba, en Monterrey, acompañado por su esposa, la diputada Diana Romero, llegando en vuelo chárter para presenciar el repechaje. Y aquí conviene hacer una precisión: no se trata de prohibirle a una autoridad mirar fútbol, se trata de pedirle coherencia, algo mucho más exótico en Bolivia.
Porque no estamos hablando de dos hinchas que pidieron vacaciones. Estamos hablando de dos autoridades con cuestionamientos por ausencias, viajes reiterados y, en el caso de Romero, incluso advertencias por acumulación de faltas en el Parlamento. Mientras la selección hacía méritos para que la tomaran en serio, el vicepresidente y su esposa volvían a recordarnos que en Bolivia el poder no siempre distingue entre función pública y turismo emotivo.
La gente, claro, reaccionó. En la tribuna le gritaron lo obvio: “¡Anda a trabajar!”. Y Lara, sorprendido, respondió: “¿Pero por qué me insultas?”. La escena es casi perfecta. Un vicepresidente viaja, lo increpan por no trabajar… y se siente víctima. El problema no es el insulto, el problema es que el reclamo es verosímil.
Pero lo más fascinante de Lara no es su viaje, sino su concepto del cargo. Tenemos un vicepresidente que ha decidido convertirse en opositor de su propio gobierno. No como ejercicio intelectual, sino como performance pública. Ha insultado al presidente, ha descalificado a sus ministros y ha dejado claro —sin demasiada sutileza— que él está esperando su turno para gobernar, todo esto sin renunciar. Porque en Bolivia hemos perfeccionado una figura institucional inédita: el opositor con sueldo estatal, una especie de esquizofrenia administrativa con viáticos incluidos.
Y entonces la comparación con la selección se vuelve inevitable. Para jugar en la Verde, al menos en teoría, hay que ganarse el puesto. Se te convoca, se te prueba, rindes o no rindes, corres o te sientas. Óscar Villegas tomó un equipo golpeado y lo hizo competir de igual a igual hasta rozar el Mundial. En el fútbol, por lo menos, todavía sobrevive esa superstición civilizada llamada mérito. En la política, en cambio, nos conformamos con que el vicepresidente venga incluido en la fórmula, como electrodoméstico de promoción: usted compra el presidente y le sale gratis el acompañante. Luego descubre que el combo venía fallado, pero ya no hay devolución. Y a veces ocurre lo que estamos viendo, cargos ocupados por personas que confunden liderazgo con protagonismo y gestión con espectáculo.
A esta selección hay que felicitarla, no por clasificar, obviamente, sino por cambiar la lógica, por demostrar que se puede construir algo distinto en un país adicto al fracaso anticipado. A Villegas, además, hay que reconocerle algo poco frecuente, la valentía de mirar hacia adelante sin pedir permiso al pasado.
No faltará el lambiscón que diga que la selección no ganó porque la presión política hizo que Lara retornara a Bolivia antes del partido final. Los adláteres son la peor clase de hincha(pelotas).
Bolivia merecía ir al Mundial. No se pudo. Pero, al menos, parece haber encontrado una selección.
Lástima que para la Vicepresidencia no exista repechaje.
