Letras y lectores
El oficio de escribir es solitario, necesita disciplina, concentración y una pizca de sentido del humor. El texto impreso está destinado a un público atento ... que, en caso de acierto, se unirá a quien escribe durante los minutos que se detiene a leer la columna del periódico que tú has escrito. Si lo hace semanalmente, establecerá, casi podríamos decir, un vínculo con el periodista. A veces, mientras voy a la compra, o vigilo si el ojo de la merluza es el adecuado, alguien a mi lado me saluda y ante mi cara de extrañeza me aclara: «Te leo». Nuestra relación tiene esos tintes misteriosos, casi de confesionario. Ahí está, viva, además de mágica, imposible de medir, casi de imaginar, y tiene la deliciosa virtud de que no pienso actualizar la foto que acompaña a mis reflexiones.
En esto pensaba cuando la turbulencia geopolítica desataba los infiernos que no paran de amenazarnos desde que se convirtió en tendencia esta violencia voraz. Yo me debatía entre entregar pájaros y flores a mis lectores o embarrarme en este mal cuerpo que la actualidad nos presta. Nunca sé si conviene que entregue a mi lector una reflexión sobre la crueldad, que bien puede hacerla solito, o escribir acerca de nuestra capacidad para ignorarla.
La escritura ha sido un consuelo para aquellos que se sienten perdidos. Hay en ella una suerte de GPS que te conduce directamente al destino que no encuentras, y en ese viaje salen a tu paso las palabras necesarias para nombrar lo que no sabías que existía. Los psiquiatras aconsejan escribir, o describir la vida que has dejado de amar sin saber la auténtica razón, cuando te sientes melancólico. En los duelos, mientras habitamos ese territorio sin señales, en el que la brújula ha dejado de funcionar, la escritura pone luz y tamaño a los monstruos y nos ofrece las posibilidades de vencerlos.
A veces, las noticias te obligan a contar con esa amenaza que nos sobrevuela y nuestro estado de ánimo se parece a ese territorio de duelo por algo que sabes que estás a punto de perder. Me pregunto si necesitamos hablar del odio, elevarlo a categoría informativa o estar en contacto con un periodismo cruel para estos tiempos duros, o si, por el contrario, preferimos un bálsamo y que nos dejen en paz. La soledad que necesita la lectura es un oasis para los ciudadanos asediados por la información, y para mí los lectores se convierten en una enigmática y amable compañía que me obliga a escoger las palabras con prudencia y mimo, pues desconozco lo que cargan a la espalda. Quería contárselo a ustedes, que no son del todo anónimos y mucho menos ajenos a mi oficio de escribir.
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