La carta de alguien que se bajó del ‘scroll’
Durante bastante tiempo pensé que el problema era yo. Que me estaba haciendo viejo. Que ya no tenía paciencia. Que me había convertido en uno de esos señores que empiezan diciendo «en mis tiempos» y terminan guardando bolsas dentro de otras bolsas. Pero no. O, al menos, no era solo eso.
Las redes sociales me estaban dejando frito. Y no hablo de aburrimiento. Hablo de cansancio. De mirar el móvil un rato y acabar con la cabeza como si hubiera tenido una reunión de cuatro horas con gente que usa la palabra sinergia.
Lo peor era el tiempo. Cogía el teléfono para mirar una cosa. Luego otra. Después un vídeo. Luego otro. Y de pronto levantaba la cabeza y había pasado una hora. A veces más. Una hora de mi vida. Desaparecida. Evaporada. Secuestrada por un señor haciendo una barbacoa en Texas, una influencer que no conozco, una discusión política entre desconocidos y un vídeo de un perro que aparentemente sabe conducir un tractor.
Y aquí viene lo preocupante: no recordaba casi nada. Nada. El cerebro vacío, pero cansado. Que tiene mérito. Era como salir de un restaurante después de pagar una fortuna y seguir teniendo hambre.
Algo no cuadraba, porque internet no siempre fue esto. Al principio era una maravilla. Tú entrabas buscando cómo arreglar una cisterna y terminabas leyendo sobre el Imperio romano. Perdías tres horas, sí. Pero al menos salías sabiendo quién era Trajano. Ahora pierdes tres horas y sales sabiendo que una pareja de Wisconsin que no conoces se ha divorciado. No hemos ganado mucho.
Las primeras redes también tenían su gracia.........
