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Matrimonio a la cubana

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05.09.2026

Matrimonio a la cubana

Autor(es): Tania Chappi

La decisión estaba tomada: habría boda. Llevaban suficiente tiempo viviendo juntos, conocían los lados placenteros y las flaquezas de cada uno, esperaban amarse –y soportarse– en las buenas y en las malas por el resto de sus días.

Comenzaron las deliberaciones: ¿la ceremonia se haría en un palacio de los matrimonios o en una notaría? Fernando y Mirta (los nombres son supuestos, la historia es real) descartaron la primera opción por costosa, implicaba trajes, mayor cantidad de invitados, fiestas, fanfarria. Los modestos servicios notariales se avenían mejor con las posibilidades de los contrayentes. Además, ambos eran divorciados, ya habían disfrutado su momento de gloria bajo el foco de fotógrafos profesionales y los puñados de arroz. Asimismo, la elección de cuál notaría se rigió por criterios prácticos:

–La de la calle 23, frente al Coppelia, es demasiado concurrida, tendríamos que hacer cola –comentó él.

–Tienes razón, necesitamos un lugar pequeño y tranquilo –aprobó la futura desposada.

¡Oh, aquella época en que al solicitar la celebración de un enlace matrimonial los novios recibían un paquete de ofertas! Este incluía el alquiler de un auto y del vestuario, la adquisición de cervezas, cake, panes; la reservación en un hotel confortable; la compra de artículos para el hogar, en la tienda Fin de Siglo. Todo a precios asequibles; la familia y los amigos ayudaban si era preciso. Se dice y no se cree, pensaron al unísono. No tuvieron que expresarlo mediante palabras. Se entendieron con la mirada.

Ella habló por los dos:

–Ocupémonos de lo esencial. Vamos con los testigos, firmamos, compramos…

El hombre aguantó la respiración.

–Solo un cake. El chiquito. Cuesta 1500 pesos –suplicó Mirta.

Nada más 1500, la tercera parte del salario mensual. ¡Qué remedio! Bienvenido el sacrificio.

Pocas jornadas después fueron a la notaría. Según lo previsto, solo una persona aguardaba allí. La recepcionista los atendió con prontitud y amabilidad. E igual de rápido los recibió el notario, afable a pesar del calor en el minúsculo y claustrofóbico cubículo (al parecer sin ventanas) donde milagrosamente cabían dos mesas y las dos butacas destinadas a los clientes.

Entregaron los datos requeridos y acordaron realizar el casamiento el miércoles siguiente, a las 10:00 de la mañana. Faltaba una indicación del funcionario:

–Este es mi teléfono. Pueden llamarme el........

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