La locura imperial: abraza a Venezuela, ataca a Irán y amenaza a la OTAN
El tablero internacional del siglo XXI está siendo testigo de una metamorfosis errática en la política exterior de los Estados Unidos. Lo que antes era una estrategia de hegemonía previsible (basada en el Consenso de Washington y la expansión de la OTAN) se ha transformado en una "locura imperial" de giros de 180 grados que desafía no solo el Derecho Internacional, sino la propia lógica de la estabilidad global.
Como observadores de la soberanía nacional, asistimos a un fenómeno paradójico: Washington intenta remendar su patio trasero con pragmatismo energético, mientras incendia el Medio Oriente y fractura sus propias alianzas históricas en Europa.
Durante años, Venezuela fue el "paria" del hemisferio. Bajo el pretexto de la promoción democrática, se impusieron medidas coercitivas unilaterales que asfixiaron la economía bolivariana, ignorando flagrantemente el principio de no intervención consagrado en la Carta de la ONU.
Sin embargo, la crisis energética derivada del conflicto en Ucrania ha forzado a la Casa Blanca a un "abrazo" incómodo. La flexibilización de sanciones y el retorno de las grandes petroleras no responden a un respeto por la autodeterminación venezolana, sino a la necesidad de estabilizar los mercados internos de combustible.
Este movimiento revela la hipocresía del imperialismo: la soberanía nacional es un obstáculo hasta que el suministro de crudo se vuelve una prioridad de seguridad nacional estadounidense.
En contraste con el acercamiento a Venezuela, la postura frente a la República Islámica de Irán sigue anclada en una beligerancia que desafía la diplomacia multilateral. La ruptura del JCPOA (Acuerdo Nuclear) fue el primer síntoma de esta esquizofrenia política.
Al atacar los activos iraníes y mantener un cerco financiero brutal, EE. UU. no solo busca frenar un programa nuclear, sino impedir el surgimiento de un polo de poder soberano en Asia Occidental que cuestione su control sobre las rutas comerciales y energéticas.
Desde la perspectiva del Derecho Internacional, el uso de sanciones como arma de guerra económica es una violación directa de los derechos humanos de millones de civiles. La agresividad contra Irán actúa como el contrapeso de la "flexibilidad" con Venezuela: es el imperio intentando demostrar que aún tiene dientes, incluso cuando sus encías sangran por la sobre extensión militar.
Quizás el síntoma más alarmante de esta locura es la relación con la OTAN. Por décadas, la Alianza fue el brazo armado del imperialismo en Europa. No obstante, las recientes retóricas de Washington (que condicionan la defensa colectiva al pago de cuotas y amenazan con el abandono) están fracturando el bloque.
Esta actitud de "proteccionismo mafioso" pone en duda la seguridad jurídica de los tratados internacionales. Al amenazar a sus propios aliados, EE. UU. está acelerando la búsqueda de una "autonomía estratégica" europea, lo que irónicamente podría conducir al fin del mundo unipolar que tanto intentan preservar.
La estrategia de abrazar a unos mientras se golpea a otros y se amenaza a los "amigos" no es una muestra de fuerza, sino de desesperación estructural. El Derecho Internacional y el respeto a la soberanía nacional son las únicas herramientas que los pueblos del mundo tienen para navegar este caos.
La "locura imperial" es el estertor de un sistema que ya no puede sostenerse por el consenso, sino por el espasmo. Venezuela, Irán y los miembros de la OTAN, cada uno a su manera, son testigos del fin de una era donde las reglas se escribían exclusivamente en inglés.
