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Cómo el secuestro de Maduro fortaleció al sistema que querían destruir…

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04.03.2026

«La supuesta grandeza de los poderosos no es más que una ficción creada por nuestra propia disposición a disminuirnos ante ellos.» LEÓN TOLSTOI, La Guerra y la paz

El Bohemio respiraba ese silencio denso que precede a las revelaciones. Sobre la mesa del rincón, Anacleto no tenía periódicos ni recortes. Tenía una sola hoja, impresa a toda máquina, con un título que resumía un mes de paradojas: «Un mes sin Maduro: el gobierno que se fortalece en la ausencia». El ventilador giraba lento, como midiendo el peso de las palabras que estaban por venir. El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente de notificaciones, pero esta vez no venía con preguntas. Venía con una constatación que le quemaba los labios. «Anacleto, esto es increíble. Un mes después y el gobierno no solo no colapsó, sino que está tomando decisiones que Maduro no tomó en años. ¿Qué pasó? ¿Dónde está el caos que prometían?» Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las preguntas importantes, como el buen café, necesitan su tiempo de reposo. Exhaló el humo hacia la luz del ventanal y lo vio deshacerse contra el cristal. «Camarita, lo que pasó es que Washington cometió el error más antiguo del manual de la arrogancia: confundir al líder con el sistema. Pensaron que cortando la cabeza, el cuerpo se desangraría. No calcularon que este cuerpo tenía sistema circulatorio autónomo; que las decisiones no las tomaba una sola persona sino un colectivo con memoria institucional; que la desaparición física del líder, pero con su captura como bandera política, lejos de generar pánico, iba a activar los protocolos de emergencia que habían ensayado en silencio durante años, con una velocidad que desconcierta a quienes esperaban parálisis. Es la paradoja del secuestro: el rehén ausente se ha vuelto más poderoso que el presidente presente.» La profesora, que hojeaba un informe de la CEPAL con diecisiete trimestres de crecimiento consecutivo, levantó la vista con una media sonrisa. «Cada decisión del gobierno se toma bajo la narrativa de resistencia contra una captura ilegal. Eso, políticamente, es oro puro. Es el mártir vivo que legitima cada medida como defensa nacional.» El viejo periodista soltó una carcajada seca. «Y mientras tanto, Washington está atrapado en una situación donde no puede liberarlo sin admitir que la estrategia falló, pero tampoco lo puede mantener detenido indefinidamente sin que eso fortalezca la narrativa de intervención imperial que Caracas está vendiendo con éxito en foros internacionales. Es el callejón sin salida perfecto.» «Ahí está el primer fallo estructural», continuó Anacleto. «La detención de líderes extranjeros solo funciona si el sistema que dejas atrás colapsa por ausencia de liderazgo. Pero cuando ese sistema está diseñado precisamente para sobrevivir sin su cabeza visible, lo único que logras es crear un mártir político mientras el aparato opera con más cohesión que antes.» El boticario, desde la barra, intervino con su voz de hombre práctico: «¿Y los vecinos? ¿Qué dice Brasil, Colombia, Méjico?» «Ah, los vecinos...» Anacleto esbozó una sonrisa sin alegría. «Brasil fue el primero en recalcular. Lula había apostado por una mediación diplomática que incluía garantías de no intervención. La captura de Maduro violó esas garantías de manera tan flagrante que Brasilia no tuvo más opción que condenarla. Y esa condena colocó automáticamente al gobierno brasileño en el mismo bloque discursivo que Caracas, Beijing y Moscú. Una alineación que nadie en el Itamaraty quería, pero que ahora es inevitable porque el precedente de capturar presidentes en ejercicio es demasiado peligroso como para dejarlo pasar sin respuesta.» «Colombia entró en una crisis diplomática silenciosa», añadió la profesora con su lucidez helada. «Petro normalizó relaciones y, reabrió fronteras comerciales.........

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