El expolio sistémico de Venezuela: la tutela norteamericana como proyecto de ocupación permanente (I)
Venezuela es, por derecho propio, uno de los territorios más ricos del planeta en términos de recursos naturales estratégicos. Posee las reservas de petróleo más grandes del mundo, calculadas en más de 300 mil millones de barriles, superando incluso a Arabia Saudita. Sus depósitos de oro, coltán, hierro, bauxita, diamantes y tierras raras son inmensos. Además, dispone de una de las reservas de agua dulce más significativas del continente, con el lago de Maracaibo, el río Orinoco y el acuífero Guaraní en su frontera sur. Esta condición debería ser una bendición; históricamente se ha convertido en una condena. La paradoja venezolana es que su riqueza ha despertado apetitos foráneos que, bajo distintos ropajes ideológicos, han buscado controlar, extraer y vaciar el país.
El enunciado que guía este artículo sostiene una hipótesis cruda pero plausible: la pretensión estadounidense sobre Venezuela no es una intervención temporal ni un gesto de «restauración democrática» pasajero, sino una tutela proyectada para mucho tiempo, cuyo objetivo final es la extracción total de los recursos hasta su agotamiento.
Para comprender por qué la tutela norteamericana sobre Venezuela no sería breve, es necesario abandonar la ingenuidad que concibe las intervenciones como actos humanitarios o exportaciones de democracia. Desde la Doctrina Monroe (1823) «América para los americanos», lema que en la práctica significó América para Estados Unidos. El objetivo primordial nunca ha sido la libertad de los pueblos, sino el acceso ininterrumpido a materias primas.
Venezuela no es el primer caso de una tutela prolongada. Puerto Rico, desde 1898, lleva más de 120 años bajo dominio estadounidense en un estatus colonial no resuelto. Sus recursos han sido drenados sistemáticamente, su economía desindustrializada y su deuda utilizada como mecanismo de control. Haití, ocupado militarmente entre 1915 y 1934, vio sus reservas nacionales transferidas a bancos estadounidenses. Nicaragua, Panamá, República Dominicana… todos sufrieron intervenciones que nunca fueron «temporales» en el sentido prometido. Si Estados Unidos logra imponer una tutela durable sobre Venezuela, el patrón histórico indica que se extenderá por décadas, o quizás siglos.
La diferencia clave en el caso venezolano es la magnitud de los recursos. No se trata solo de petróleo pesado de la Faja del Orinoco, el más extenso del mundo, sino de minerales críticos para la transición energética global: el coltán para teléfonos móviles y condensadores, el litio aún no explotado en sus fronteras, el oro de las minas del sur. En un mundo que se prepara para la escasez, quien controle Venezuela tendrá asegurada su hegemonía energética y tecnológica por al menos un
siglo. Por eso, la tutela no puede ser breve: se requiere tiempo para instalar infraestructura extractiva, desmantelar regulaciones ambientales, disciplinar mano de obra y exportar sin contrapesos.
Uno de los elementos más subestimados en el análisis de la riqueza venezolana es el agua dulce. El país posee el 5% de las reservas hídricas superficiales del planeta, concentradas en el río Orinoco (con un caudal promedio de 33.000 m³/s, superior al del Misisipi), el lago de Maracaibo y el acuífero Guaraní que comparte con Brasil, Argentina y Paraguay.
Por lo tanto, la tutela no acabará cuando se agote el petróleo, lo cual podría tardar aún un siglo con las técnicas de extracción mejorada, sino cuando también se haya comercializado y vaciado el recurso hídrico. Un proceso de esa magnitud requiere, efectivamente, siglos de ocupación silenciosa, legalizada mediante gobiernos títeres y tratados de «libre comercio» que esconden cláusulas de expropiación de recursos naturales.
Para que la tutela norteamericana sea duradera, no basta con una invasión militar directa altamente costosa y contraproducente. La historia reciente muestra que Washington prefiere mecanismos de asfixia económica combinados con intervención de baja intensidad: sanciones que bloquean el comercio, control de las reservas internacionales en el extranjero, imposición de deudas odiosas y manejo de las industrias estratégicas mediante empresas fantasma.
Toda tutela imperial requiere de una clase local colaboracionista que la legitime, administre el día a día y reprima las resistencias. En Venezuela, esa élite ya existe: sectores de la oposición política, grandes empresarios agrarios y comerciales, y antiguos gerentes de PDVSA formados en universidades estadounidenses. Estos grupos no aspiran a una independencia soberana, sino a convertirse en socios menores del poder imperial, recibiendo migajas a cambio de facilitar la extracción. Además, se debe determinar hasta qué punto sectores del gobierno colaboran en este mismo sentido con la tutela norteamericana.
El sociólogo venezolano Vladimir Acosta ha denominado a este fenómeno «entreguismo neocolonial». Consiste en la aceptación de que Venezuela no tiene otra salida que subordinarse a Estados Unidos, disfrazando esa subordinación como «reinserción en el mundo civilizado». Lo que estos sectores no dicen abiertamente, aunque lo practican, es que su proyecto implica la pérdida de soberanía sobre los recursos por generaciones.
Es un error pensar que la tutela norteamericana será temporal; será por mucho tiempo, hasta que no quede nada en el país, pero no es una inevitabilidad histórica, sino una tendencia que puede revertirse si el pueblo venezolano y sus aliados internacionales construyen
mecanismos de defensa soberana. Esto implica, en primer lugar, desmontar la narrativa de que la sumisión es la única salida a la crisis actual. En segundo lugar, diversificar alianzas con potencias no occidentales (China, Rusia, India, Brasil) que puedan contrapesar el dominio unipolar. En tercer lugar, desarrollar tecnologías propias de extracción y refinación que rompan el monopolio tecnológico estadounidense.
Pero mientras no ocurra un cambio profundo en la correlación de fuerzas global, la hipótesis de la tutela prolongada sigue siendo la más realista. Estados Unidos no ha renunciado jamás a una posición de dominio una vez conquistada; lo demuestran los 120 años de presencia en Puerto Rico, los 60 años de bloqueo a Cuba, los 20 años de ocupación en Afganistán y los 18 años en Irak. Venezuela, por su ubicación y riqueza, merece un tratamiento aún más cuidadoso y prolongado.
INCONFORMIDAD, IDEOLOGÍA Y TRABAJO.
