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Salir de la infancia. Para una reconsideración de nuestras alianzas y bajarse del carro llamado “Occidente”

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07.01.2026

Nos encaminamos hacia un mundo hobbesiano. Si no hay reglas, y ni siquiera hay hipocresía hacia las reglas (que es el último tributo rendido a la norma violada, la cual se la reconoce a la vez que de ella se burla), entonces la fuerza bruta en las relaciones internacionales es lo que prevalece.

Sin embargo, incluso el recurso a la fuerza bruta por parte de los Estados Unidos, después de 80 años de hipócrita perorata y de "educación para la paz" puede ser símbolo y máscara de muchas otras cosas. Donald Trump empleó la fuerza bruta hace escasos días, secuestrando al Presidente de una nación soberana y bombardeando la capital y otras zonas de un país formalmente libre; esta vez le tocó a Venezuela. Un país soberano ha sido agredido salvajemente por otro, a los ojos de todos. El hecho no es nada nuevo en la historia de los Estados Unidos. Desde que existe el país de las barras y las estrellas, la violencia, el genocidio, la injerencia, la invasión, etc. han sido parte de sutónica habitual. Donald Trump no es ninguna excepción en la historia de este imperio de pesadilla, que es el imperio de los Estados Unidos.

Los modales de Trump pueden parecer más zafios que los de otros presidentes, pero esta no es la cuestión decisiva. La cuestión que nos debe (pre)ocupar es otra: los actos mismos, en qué coyuntura se realizan, qué se persigue con ellos, qué se quiere anunciar y esconder con todas estas acciones violentas y brutales. De ahí que la agresión a Venezuela y el secuestro de Maduro y su señora sean símbolo y máscara de otras cosas, además de actos violentos e ilegales en sí mismos.

Los más simplistas se quedan con la simple idea de la acción violenta en sí: nos conmociona esa naturaleza violenta e ilegal de lo sucedido el 3 de enero en Caracas. Así se queda una parte de la humanidad, recurriendo a la ciencia del Derecho y a la ciencia de la Psicología. En estado de schock, mezclado una inmediata sensación de fatalismo. Nada se puede hacer. Sin el contrapeso de la URSS, el hegemón no es contestado, al menos en el patio que él domina, en la parte trasera de su casa.

Si no es el derecho y la psicología, otros meriendan lecciones de Ética. Más simplistas me parecen los "opinantes" que, armados con nuestro habitual manual occidental de moralina, ora izquierdista ora derechista, condenan o censuran lo acaecido. Jueces morales de a pie, carentes de toga, salen en los medios y redes, a millones: Maduro es un dictador, un narco, se lo ha buscado (ala derechista de los adoctrinados). Trump es un matón, un sheriff, un fascista (ala izquierdista de los adoctrinados).

La hemiplejia ideológica, de la que certeramente habló Ortega, se pone en seguida en acción: nos volvemos un poco imbéciles, decía el filósofo madrileño, sintonizando siempre con nuestra propia configuración ideológica, centrándonos en la propia "zona de confort", evitando nuestras disonancias cognitivas. Lo mismo hemos vivido, con sandez incorregible, en otras coyunturas. Por lo visto, el genocidio de la Entidad Sionista contra el pueblo palestino sólo debe ser condenado por las izquierdas. Todo derechista cabal debe apoyar a los sionistas sin fisuras. Posturas análogas en el tema de Ucrania las seguimos observando desde la........

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