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Dejar de ser Occidente para seguir siendo Europa

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21.06.2026

La transformación que ha ido sufriendo la Unión Europea, más allá de sus cambios de nombre y sus ampliaciones, no es la transformación propia de una evolución impulsada por mutaciones, las cuales a su vez se "seleccionan" a tenor de cambios en el entorno. Esto que acabo de enunciar describe la evolución del proyecto europeo que nos quieren hacer creer. Como si se tratara de un proceso natural e inexorable. Quien escribe este artículo no se lo cree. La Unión Europea, antes llamada "Comunidad Económica Europea", etc. es una entidad institucional nacida bajo impulso y supervisión de los Estados Unidos, no un resultado natural y ampliable indefinidamente, no una tendencia natural. EEUU, como potencia hegemónica en la mitad occidental de Europa ha creado esta Unión Europea inmediatamente tras la derrota de la anterior potencia hegemónica en Occidente y en Europa Central: el III Reich.

Esta entidad institucional, como parece probado a través de numerosos documentos desclasificados por parte de los propios norteamericanos y de otros agentes, fue el fruto de una estrategia por parte de los vencedores yanquis. Se trataba de presentar, ante los propios americanos así como a los europeos sometidos y administrados, un "relato", como se dice ahora, un mito confortador sobre la necesidad de construir un nuevo "mundo libre" que, geopolíticamente, no podía ser nunca un verdadero mundo –totalización- sino una fracción del mundo. El Este, representado por los americanos en trazos gruesos durante la guerra fría, volvía a ser ese "otro mundo" de barbarie, totalitarismo, "sociedades cerradas". Los europeos posteriores a 1945 comenzamos a interiorizar nuestra condición de "occidentales", e incluso de "judeocristianos", según las necesidades del contexto de lucha ideológica, cada vez más definidas como oposición dialéctica entre el "mundo libre" (liberal, demócrata, capitalista) y el "Este", retratado como ese "otro mundo" de comunistas, bárbaros asiáticos, etc.

Debe notarse que antes de 1945, la carga ideológica de términos tales como "Occidente", "civilización judeocristiana", "democracia liberal", etc. no era la misma. Nadie discutía que regímenes atroces como el nacionalsocialismo alemán fueran, pese a todo, regímenes "europeos". Es más, tal como Andrea Zhok recordó en un artículo, el racismo y la instrumentalización cosificadora del ser humano, tan características del nazismo alemán, ya eran elementos activos y bien arraigados en nuestra civilización europea. Un vistazo rápido a los imperios coloniales británico, francés y, como hijastro suyo, el yanqui, basta para dar fe de cómo en cierta deriva de nuestra civilización está muy presente – "en su ADN", como dicen ahora - el supremacismo, el racismo, la eugenesia, la planificación del genocidio, la cosificación utilitaria del ser humano, etc.

Los nazis no surgieron de la nada. Culturalmente, son un producto-basura de la intelectualidad anglofrancesa del siglo XIX y una consecuencia cuasi natural del propio capitalismo, una especie de "alternativa posible y más que posible" del propio sistema del imperialismo liberal. Dicha alternativa posible, que de hecho se materializó, puede ser enunciada más o menos así: supongamos que el Gran Capital monopolista, en determinadas circunstancias y en ausencia de un imperio ultramarino, opta por un imperialismo continental que incluya la rígida estratificación de "razas" a partir de las cuales, aun siendo todas ellas blancas, se crean las condiciones de poder que permitan la explotación esclavista de muchas de ellas. Curiosamente, y también Zhok lo ha insinuado, fue el propio racismo lo que echó al traste toda posibilidad de victoria del Reich, en especial en lo que hace a su campaña del Este. Naciones enteras –especialmente eslavos, disconformes con los soviéticos, podrían haber sido aliados de Alemania en lugar de "subhumanos". Ir a por esclavos y no ver aliados, hundió al III Reich. Al menos fue uno de sus errores.

La actual decadencia de Europa, la creciente canalización de sus males y fobias hacia otro que ya no está sólo allende las fronteras, sino dentro (el refugiado, el inmigrante, el no blanco, el no-cristiano) es tratada por muchos analistas de una forma psicologista, casi freudiana, una manera de ver las cosas que es, como mínimo incompleta. El análisis histórico-económico, geopolítico, etc. , cuando recurre a términos tales como "culpa", "reparación", "memoria histórica", etc. es un enfoque psicologista y desvirtúa por completo el problema en cuestión: la naturaleza del poder: quién lo posee, sobre quién se ejerce, qué alianzas y facilitadores poseen los hegemones, qué o quiénes se le enfrentan y resisten, etc. La actual decadencia de Europa debería ser analizada en términos de poder y de luchas por el poder. Las teorías "pesimistas", a la manera del enfoque de Spengler, que solamente hablan de un destino inexorable, de un ciclo vital que férreamente ha de ser recorrido, y demás, también son insuficientes.

Se leen hoy muchos textos sobre la decadencia de Europa. Abunda la prosa elegíaca, el lamento fúnebre que tiende a elaborar, además, un inventario de males y ruinas. Dentro de esa literatura y más frecuentemente en el ala que se hace llamar "izquierda", el diagnóstico se complementa con el complejo de culpa. La izquierda decadentista insiste en que el mal ocasionado por "Occidente" sobre los pueblos no blancos debe y puede ser reparado por medio de una acogida irrestricta de emigrantes y refugiados, a modo de compensación o pago reparador de una deuda contraída con ellos. Los desmanes de nuestros abuelos hemos de pagarlo nosotros, a lo que se ve.

El esperpento de los presidentes de países hispanoamericanos (México destaca especialmente en tal tipo de necedades) exigiendo compensaciones históricas a España, siendo estos mismos presidentes y jerifaltes unos descendientes (en gran porcentaje) de blancos, españoles o europeos, que zahieren a una España medio muerta mientras se pasan la vida reptando a los pies del Emperador yanqui de turno, aceptando el racismo presente y ostensible de este hacia sus propios pueblos, nos pone sobre la pista del poder. La villanía del vasallo que se entretiene con el cadáver español y se arrodilla ante el poderoso gringo no puede ser más sangrante.

Reclamar "memoria histórica", "reparación" y "culpa", más allá de su significado psicologista inmediato, posee el valor funcional de rearticular el poder. No es una deuda "moral", es lucha por el poder. Se trata de disfrazar unas dependencias, una asimetría bajo la apariencia de una revancha, de una recuperación "simbólica" de poder. Gran parte de la izquierda no revolucionaria, no marxista, de Iberoamérica disimula su oportunismo y su sumisión al Imperio realmente existente, cual es el Imperio yanqui, por medio de su autoerección (tómese la palabra en el sentido neutro, no solamente sexual) como juez y moralista. Los "horrores de la conquista española", cada vez que son señalados, ocultan funcionalmente los horrores de los propios aztecas, o los propios blancos que, ya no españoles sino "americanos" (los criollos que obtuvieron la independencia) fueron cometiendo con sus indígenas y con los mestizos, etc. De la misma manera que Hegel trazó una dialéctica del amo y del esclavo, hoy vivimos bajo una dialéctica de la víctima y del verdugo. Muchas supuestas víctimas que emplean la retórica de la culpa, la memoria y la reparación, en realidad son ellas mismas verdugos y aspirantes a verdugos, a la par que actúan como subordinados de los verdaderos verdugos.

Semejante dialéctica de la víctima y el verdugo se ha traspasado a la propia Europa, especialmente en su franja occidental. Los europeos, al parecer, tendríamos que sentir vergüenza de Hernán Cortés o de Francisco Pizarro, y los ingleses y franceses también deberían expiar culpas por sus matarifes correspondientes. Nativos de todos los colores (también blancos, pues los irlandeses entraron en la categoría de nativos a exterminar) fueron víctimas de........

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