La ausencia de un chorrito de cultura aristotélica en las escuelas de formación chavista
La educación política ha sido históricamente uno de los mecanismos más relevantes para la reproducción de los proyectos de poder y la consolidación de identidades colectivas dentro de los sistemas políticos. Desde la Antigüedad clásica hasta las democracias contemporáneas, la formación del ciudadano ha constituido un problema central de la filosofía política. La pregunta acerca de cómo educar políticamente a los miembros de una comunidad para que participen de manera responsable en la vida pública ha sido abordada por numerosos pensadores, desde la filosofía griega hasta la teoría democrática contemporánea. En América Latina, los movimientos políticos de carácter nacional-popular o revolucionario han otorgado una importancia particular a la educación política como instrumento de transformación social.
El movimiento político conocido como chavismo en Venezuela constituye uno de los ejemplos más significativos de este fenómeno en el siglo XXI. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez, y posteriormente dentro del marco institucional del Partido Socialista Unido de Venezuela, se desarrolló un sistema de formación política destinado a consolidar el proyecto del denominado socialismo del siglo XXI. Sin embargo, cuando estas experiencias se analizan desde la tradición de la filosofía política clásica, especialmente desde la perspectiva aristotélica de la educación cívica, surge una crítica significativa: la formación política chavista parece carecer de una dimensión humanista y deliberativa propia de la cultura aristotélica. En términos metafóricos, podría afirmarse que a estas escuelas de formación les falta "un chorrito de cultura aristotélica", entendido como la incorporación sistemática de una tradición filosófica orientada al cultivo de la prudencia política, la deliberación racional y la formación de ciudadanos virtuosos, cualidad que hace que el hombre se conduzca de manera positiva, estable y se incline a obrar conforme al bien, la moral, la justicia y la razón,.
La emergencia del chavismo debe comprenderse en el contexto de la crisis estructural del sistema político venezolano a finales del siglo XX. Durante varias décadas, el sistema político venezolano estuvo dominado por una estructura bipartidista consolidada tras el Pacto de Punto Fijo de 1958. Este acuerdo permitió una estabilidad institucional considerable durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, pero progresivamente comenzó a mostrar signos de deterioro y debilitamiento, debido a problemas de corrupción, desigualdad social y crisis económica. La década de 1980 estuvo marcada por una profunda crisis fiscal derivada de la caída de los precios del petróleo, así como por un creciente descontento social frente a las políticas económicas aplicadas por los gobiernos de turno. El estallido social conocido como el Caracazo en 1989 representó un punto de inflexión en la historia política venezolana, evidenciando el colapso el sistema político tradicional.
En este contexto emergió la figura de Hugo Chávez, quien articuló un discurso político que combinaba elementos del pensamiento bolivariano, el nacionalismo latinoamericano, el antiimperialismo y el socialismo. Tras su victoria electoral en 1998, Chávez inició un proceso político orientado a transformar las instituciones del Estado venezolano. La convocatoria de una Asamblea Constituyente en 1999 dio lugar a una nueva constitución que redefinió las bases del sistema político. Este proceso fue acompañado por una serie de reformas institucionales orientadas a ampliar la participación política y a reorganizar el aparato estatal.
Uno de los pilares fundamentales de este proyecto fue la transformación del sistema educativo. Se promovieron diversas iniciativas destinadas a ampliar el acceso a la educación -como las Escuelas Bolivarianas- y a incorporar a sectores históricamente excluidos del sistema educativo. Programas como la Misión Alma Mater buscaron reorganizar el sistema universitario venezolano mediante la creación de nuevas instituciones educativas y la expansión de la matrícula estudiantil. Estas políticas se enmarcaban dentro de una concepción de la educación como instrumento de inclusión social y transformación política.
Paralelamente, el movimiento chavista desarrolló una red de instituciones destinadas específicamente a la formación política de militantes y cuadros dirigentes. Estas escuelas de formación política tenían como objetivo fortalecer la conciencia ideológica de los participantes y preparar líderes comunitarios capaces de promover el proyecto bolivariano en diferentes espacios sociales. La formación incluía estudios sobre historia latinoamericana, pensamiento bolivariano, economía política crítica y teoría del socialismo del siglo XXI. Asimismo, se enfatizaba la importancia de la organización popular en estructuras como consejos comunales y comunas.
Desde el punto de vista de la teoría política contemporánea, este tipo de formación ideológica puede analizarse dentro del marco conceptual del populismo. Autores como Ernesto Laclau han propuesto entender el populismo no como una ideología específica, sino como una lógica política basada en la construcción discursiva del pueblo como sujeto político. Según Laclau, el populismo emerge cuando diversas demandas sociales insatisfechas se articulan en torno a una identidad colectiva que se define en oposición a una élite o a un poder dominante. Esta lógica produce una frontera simbólica entre el pueblo y la élite, generando una narrativa política movilizadora.
La formación política desempeña un papel central dentro de esta lógica populista, ya que permite consolidar el marco interpretativo a través del cual los militantes comprenden la realidad política. Las escuelas de formación política funcionan como espacios donde se transmite una interpretación específica de la historia nacional, se identifican adversarios políticos y se refuerza la cohesión interna del movimiento. En este sentido, la educación política se convierte en un instrumento de construcción hegemónica.
Esta dimensión del poder fue analizada con gran profundidad por Antonio Gramsci. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci argumentó que el poder político no se sostiene únicamente mediante la coerción, sino también mediante la hegemonía cultural. La hegemonía implica la capacidad de una clase social o de un bloque político, la nueva élite, para presentar su visión del mundo como universalmente válida. Las instituciones educativas desempeñan un papel crucial en este proceso, ya que contribuyen a difundir y naturalizar determinadas concepciones de la realidad social.
Las escuelas de formación chavista pueden interpretarse, desde esta perspectiva, como espacios de producción y reproducción de hegemonía cultural. Sin embargo, incluso dentro de la tradición gramsciana existe una preocupación por la formación intelectual crítica de los ciudadanos. Gramsci defendía la idea del "intelectual orgánico", una figura capaz de reflexionar críticamente sobre la realidad social y de contribuir al desarrollo cultural de su comunidad. La hegemonía no implica necesariamente la supresión del pensamiento crítico, sino la construcción de una cultura política capaz de integrar diversas perspectivas dentro de un proyecto colectivo.
La crítica que se plantea en este ensayo no consiste en negar la importancia de la formación política dentro de los movimientos sociales o partidos políticos. Por el contrario, la educación política es un componente fundamental de cualquier proyecto democrático. La cuestión central es el tipo de educación política que se promueve y los valores que orientan dicho proceso. En este punto resulta particularmente relevante la tradición de la filosofía política clásica, especialmente la obra de Aristóteles.
En la concepción aristotélica, la política es una actividad orientada al bien común. En su obra Política, Aristóteles sostiene que la comunidad política existe para permitir a los ciudadanos vivir bien, no simplemente para garantizar la supervivencia material. Como afirma en un pasaje ampliamente citado: "La polis surge por causa de la vida, pero existe para la vida buena" (Política, 1252b29–30). Esta afirmación revela la dimensión ética de la política aristotélica: la comunidad política no es simplemente una asociación utilitaria, sino una comunidad orientada al crecimiento humano, a un nuevo ciudadano.
La participación política en la polis implica la capacidad de deliberar acerca de lo que es justo y conveniente para la comunidad. Aristóteles sostiene que los seres humanos poseen la capacidad de lenguaje y razón, lo que les permite discutir sobre cuestiones morales y políticas. Esta capacidad de deliberar constituye el fundamento de la vida política.
Uno de los conceptos centrales de la ética aristotélica es la phronesis o prudencia. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles describe la prudencia como la capacidad de deliberar correctamente acerca de lo que es bueno y conveniente para la vida humana. La prudencia no es un conocimiento teórico, sino una forma de sabiduría práctica que permite tomar decisiones adecuadas en situaciones concretas. Aristóteles afirma: "La prudencia es una disposición verdadera, acompañada de razón, relativa a la acción en lo que es bueno o malo para el ser humano" (Ética a Nicómaco, VI, 1140b20).
La educación política, en la tradición aristotélica, tiene como objetivo fundamental cultivar esta capacidad de deliberación prudente. Los ciudadanos deben aprender a evaluar diferentes alternativas políticas, considerar las consecuencias de sus decisiones y actuar en función del bien común. La estabilidad de la comunidad política depende en gran medida de la calidad moral e intelectual de los ciudadanos.
Cuando se examinan las escuelas de formación chavista desde esta perspectiva, emerge diferencias entre el modelo aristotélico de educación política y la lógica de la formación ideológica. La educación política chavista parece orientarse principalmente a la transmisión de una narrativa ideológica específica y a la movilización política de los militantes. La formación de cuadros busca consolidar la identidad política del movimiento y fortalecer la lealtad al proyecto revolucionario.
Este énfasis en la movilización ideológica limita el desarrollo de una cultura deliberativa más amplia. Cuando la educación política se orienta principalmente a la transmisión de doctrinas ideológicas, existe el riesgo de que la política se reduzca a una confrontación entre identidades políticas antagonistas. El militante sustituye al ciudadano deliberante.
Por el contario, esencia de la política reside en la pluralidad y en la capacidad de los individuos para actuar y hablar en el espacio público. La política auténtica surge cuando los ciudadanos participan en procesos de deliberación colectiva donde diferentes perspectivas pueden confrontarse libremente.
Asimismo, investigaciones recientes sobre el deterioro de las democracias, como la realizada por Daniel Ziblatt, muestra que las instituciones democráticas dependen en gran medida de normas culturales informales como la tolerancia mutua y la contención institucional. Estas normas se sostienen sobre una cultura política que valora el pluralismo y el debate público.
La educación política desempeña un papel fundamental en la formación de esta cultura cívica. Cuando los programas educativos fomentan el pensamiento crítico, el estudio de la filosofía política y el debate intelectual, contribuyen a fortalecer la cultura democrática. Por el contrario, cuando la educación se orienta exclusivamente a la transmisión de doctrinas ideológicas, contribuye a la polarización política y al empobrecimiento del debate público.
La metáfora del "chorrito de cultura aristotélica" señala la necesidad de incorporar elementos de la tradición humanista en la formación política contemporánea. Esto implicaría introducir en los programas educativos la filosofía política, la ética cívica y la historia del pensamiento político. La exposición a estas tradiciones intelectuales permite desarrollar habilidades críticas y deliberativas que son fundamentales para la vida democrática.
Una formación política que contenga la tradición clásica tendría como objetivo complementarse con una cultura filosófica más amplia. Los militantes y dirigentes políticos podrían beneficiarse del estudio de autores clásicos y modernos que han reflexionado sobre la naturaleza del poder, la justicia y el bien común.
En última instancia, la tensión entre movilización ideológica y deliberación racional constituye uno de los dilemas centrales de la política contemporánea. Los movimientos políticos necesitan construir identidades colectivas que permitan movilizar a sus bases sociales y sostener proyectos políticos de largo plazo. Sin embargo, cuando la movilización ideológica se convierte en el principio organizador de la educación política, existe el riesgo de empobrecer la cultura cívica y de debilitar la capacidad deliberativa de la ciudadanía.
La política no es simplemente una lucha por el poder, sino también un proceso colectivo de reflexión sobre el bien común. Incorporar un "chorrito de cultura aristotélica" en la formación política contemporánea podría contribuir a enriquecer la cultura cívica, fortalecer el debate público y promover una política más reflexiva y prudente.
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