La viveza criolla : Un virus que se volvió sistema
En Venezuela no siempre mandan las leyes, aunque usted no lo crea. Muchas veces manda otra cosa: la viveza criolla, o el "juega vivo", como le dicen en Panamá.
No como algo folklórico, sino como una forma de actuar que, poco a poco, se metió en la vida diaria y en las instituciones, debilitando las reglas, el mérito y la confianza.
Empieza en lo pequeño: "comerse la luz" del semáforo, motos por las aceras, "colearse"disimuladamente , usar "chuletas" en un examen, confundir al cliente con los tipos de cambio etc etc Parece inofensivo, pero detrás hay una idea clara: si puedo sacar ventaja, la norma no importa.
El problema es que eso no se queda ahí. Se mete en el Estado.
Y entonces la cosa se pone seria.
La viveza criolla se transforma en un sistema paralelo que sustituye normas y procedimientos, debilitando progresivamente la institucionalidad.
En los años 70, con la bonanza petrolera, coincidentemente los resortes institucionales comenzaron a aflojarse. Desde entonces, los gobiernos han pasado, pero las prácticas se han mantenido.
El burocratismo hizo su trabajo: lento, constante, eficaz.
Y junto a él, la viveza criolla fue consolidando un sistema donde las normas existen, pero no siempre se aplican.
Gente sin preparación en cargos clave, ascensos por partidismo o nepotismo, trámites que dependen de contactos, decisiones sin reglas claras.
El nepotismo y el partidismo son formas de viveza criolla institucionalizada: sustituir el mérito por la cercanía o la lealtad. Cuando esto ocurre, las normas dejan de ser el criterio principal y se desplazan las oportunidades hacia relaciones personales o políticas.
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