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Soltera en la ciudad de la furia y la generación adolescente

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19.02.2026

“14A, 14A, ¿quién es el 14B? Por acá el 14A”, grita a todo pulmón mi amiga R. “Toma, Niyireé, tú lo necesitas. La idea es que encuentres a tu media naranja con este papel; el 14B, luego van a la barra, les regalan un trago y conversan. Quién quita y está el amor de tu vida, ese que quieres que te cargue”, y suelta una risotada. Mientras me entrega un papel con el número exacto que acaba de proferir entre alaridos (14A), y que viene acompañado de una frase súper cursi sobre el amor, nos reímos entre nosotras. Se supone que ese es el juego de San Valentín del local en el que estamos, un preciso 14 de febrero donde celebramos el cumpleaños de una querida amiga. Entre festejos y risas nos damos cuenta de que los 30 nos han llegado, menos a la cumpleañera, vale la pena decir. Justo en ese instante siento que alguien me toca el hombro. Yo estoy de espaldas, pero el extraño me dice: “Yo soy el 14B, vamos por nuestro trago”. En ese momento me doy la vuelta emocionada, mi corazón se sobresalta. “¿Tendrá razón R. y, cual novela de amor, consigo al tipo de mi vida?”. En lo que termino de girar, un sonriente, carismático y joven adolescente me dice: “Hola”. Las chicas a mi lado se destortillan de la risa. Y yo le suelto al 14B un contundente y sorpresivo: “¿Qué edad tienes? ¿Puedes beber?”. “19”, me responde, para quedar vetado por siempre de la lista de posibles candidatos.

Un viernes en Caracas, mis amigas y yo estamos de celebración. “Noche de chicas y de rumba”, dijo F. El lugar elegido fue Kabal, un bar-discoteca variopinto, con mucho de todo y sin una estética definida, ubicado en la avenida 6 de Altamira, entre 3ª y 5ª transversal de Los Palos Grandes. Pero lo que empezó como una divertida salida a rumbear se convirtió en una tertulia que nos confirmó que ya somos unas adultas contemporáneas. Llegamos temprano, tomando poco porque algunas manejaban, hablando de mudanzas, hijos y relaciones de pareja, sentadas compartiendo cócteles y comida, mientras la horda de jóvenes veinteañeros pasaba a nuestro lado subiendo al último piso del local, donde se concentraba el auge discotequero de la noche. Chamas jovencísimas que mostraban una hermosa pancita entre blusas cortas y vestidos de noche, a las que observaba pensando si tendrían la edad suficiente para tomar. Vaper, cigarros, cócteles, cervezas que vienen y van, entre una música que no lograba identificar —y les puedo asegurar que no eran los típicos reguetones de “Dale más gasolina” o “Cuéntale”—.

“Yo no puedo estar en ese piedrero en tacones”, decía A., mientras K. comentaba que debía irse a dormir porque ya estaba cansada. En ese instante me pregunté en qué momento pasamos de ser las jovencísimas que iban a discotecas un viernes de enamorados para enamorarse por primera vez a la generación de adultas contemporáneas llenas de responsabilidades. Esa jauría adolescente, su juventud, su inocencia y las oportunidades del mundo abriéndose ante ellos me hicieron verles con cierta envidia. Pensaba en cómo, a mis 35 años, mi idea del amor no era la misma; que mi cuerpo ya no resiste después de cierta hora y que debía dormir temprano porque estaba llena de trabajo para el día siguiente. Antes no me hubiera importado. ¿Cuándo dejamos de ser nosotras esa generación? La que se despierta a la vida con una alegría casi biológica, sin pensar en cuotas de apartamento, en alquileres, en las sesiones de terapia para la salud mental o en listas de pendientes. Esa que no convierte el futuro en un checklist de estabilidad y abundancia.

A los 19 años el amor todavía es un relato. Una posibilidad. Un vértigo. A los 35 ya no es un cuento de hadas ni un príncipe azul que llega a cargarte; es una ecuación más compleja donde intervienen traumas, tiempos, proyectos, construcciones. Ya no me creo las princesadas, ya no confío ciegamente en que el amor lo puede todo. A los 19 el país todavía parecía promesa; éramos la generación del futuro y eso, de pronto, se nos fue arrebatado. Nos tocó sobrevivir a las despedidas, a la inestabilidad social, a la falta de oportunidades. Entramos a una adultez de carencias. Por ello, amar en esta ciudad inestable se parece más a aprender que el futuro no es una metáfora romántica, sino una variable económica y política. Somos la generación de adultos que ya no preguntamos “¿me quieres?”, sino más bien “¿te quedas?”. Quizás lo que vi esa noche no fue juventud ajena, sino mi propia ingenuidad perdida. La del cuerpo que no dolía, la de la fe sin estadísticas, la de la vida que todavía parecía infinita y la de una Caracas con muchas posibilidades de futuro. Ellos bailaban sin cálculo. Nosotras brindábamos con conciencia.

Tal vez la verdadera diferencia no es la edad, sino la cantidad de veces que hemos tenido que recomponernos, amar en crisis, en migración, en inflación, en incertidumbre. Somos adultas contemporáneas y sobrevivientes emocionales, no solo de este país, también de un mundo que nos la coloca cuesta arriba cada día; donde lo efímero de las relaciones y los vínculos se hace presente; donde el costo de la vida nos supera; en el que aspirar a una casa propia, a un buen seguro de salud o a una vejez digna parece más un cuento de hadas que una posibilidad. Es casi la medianoche. Se nos acerca un mesonero a disculparse porque bajarán las luces. Respondemos que no hay problema y, segundos después, todo se convierte en oscuridad total. El local entero se transforma en una disco de electrónica pura y dura: luces led de colores por todos lados, el DJ en medio de la pista.

Nosotras intentábamos buscar la salida, bajamos y bajamos escaleras, abrimos cortinas y tropezamos con más veinteañeros que apenas llegaban a la noche caraqueña. Logramos llegar a la puerta, pero antes de irnos, a modo de risa, preguntamos: “¿Y es que ya no se pide cédula?”.


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