70 niños sobreviven de la basura en el vertedero de Apure: los niños de nadie
Dice Michel Foucault que “donde hay poder, hay resistencia”. Sin embargo, ¿cómo se resiste cuando no se posee ni siquiera una sombra de poder?, ¿cómo pueden resistir quienes han nacido entre los desperdicios de un país que alguna vez fue rico, cuyos restos ahora sirven de alimento a sus propios hijos? En el vertedero de San Fernando capital del estado Apure, setenta niños y decenas de familias enfrentan cada día una batalla silenciosa contra la miseria, la indiferencia y la descomposición, bajo el humo de lo podrido, se libra una guerra sin balas, la de sobrevivir de forma desesperante contra el hambre, una contienda diaria que no se ve en las noticias, pero que erosiona el alma colectiva de la nación.
En ese escenario crudo, son los niños de nadie, ni del Estado, ni de las ONG, ni de los partidos políticos, ni siquiera de la caridad institucional, son los hijos no reconocidos de una nación que se olvida de su dolor, revolviendo la basura disputan con los zamuros el almuerzo del día, la carne rescatada del pasado, el pan que alguien desechó en un gesto inconsciente, ellos no saben de decretos ni de discursos sobre soberanía alimentaria, saben con crudeza del olor del humo fétido, de las manos quemadas por el plástico que se funde, del hambre que tiene nombre y rostro, es el único conocimiento que han podido adquirir a través de la enseñanza de la miseria, en un estado ganadero de un país petrolero que les ha negado la posibilidad de soñar con algo diferente.
Ahora bien, en ese lugar donde la esperanza parece disolverse como el humo putrefacto del vertedero, no asoman ni programas de saneamiento ni políticas de salud pública, la gobernación promete con su eslogan de “pasión por Apure”, pero esa palabra tan gastada como el calzado de los niños, tan devaluada como la moneda, resuena igual que sus programas, en un vacío que hiere, a su vez la alcaldía entre impuestos y fiestas patronales, no encuentra tiempo para mirar más allá del ruido de los actos oficiales, las promesas son lo único que reciclan, porque a los desperdicios los bañan de combustible para la quema impresionante que realizan a diario, pero del mismo modo, las promesas que nunca cesan no nutren, no curan y definitivamente no salvan, son hipocresía y populismo.
En este contexto de abandono, las organizaciones no gubernamentales, en teoría destinadas a sanar las heridas donde el Estado no llega, parecen más ocupadas en construir informes falsos que realidades, algunas andan en sus vehículos circulando sin rumbo preciso, evitando ese anillo de miseria que rodea la ciudad, como si el dolor pudiera esquivarse por simple cambio de ruta, lamentablemente, hasta ahora ninguna institución gubernamental ni ONG se ha siquiera asomado a esta realidad con la constancia y la profundidad que la tragedia exige, como si estos niños fueran una nota al pie de página, prescindibles del gran relato nacional, la ONU y la Cruz Roja son una fantasía en medio de esta demanda impresionante de miseria.
Peor aún, otras ONG, como «Ven Dame Tu Mano», han convertido la solidaridad en una palabra sin destinatarios, donde los proyectos se anuncian en su página pero no se cumplen, con reparaciones de plantas de agua inexistentes que solo viven en informes y redes sociales, todo ello deja una sensación amarga de que la miseria también puede ser un negocio, de que el sufrimiento humano puede convertirse en capital simbólico y económico para quienes han aprendido a gestionar la desgracia ajena sin comprometerse realmente con su transformación.
Y, sin embargo, en medio de este desierto humano surge un pequeño oasis, la iglesia bautista “El Dios de Gracia” ha encendido una lámpara en la oscuridad, no ofrece riquezas, sino presencia, no tiene millones, pero tiene fe, sus miembros, médicos y laicos, hombres y mujeres comunes, han comprendido que el pan del amor también sacia, así, han llevado medicinas, comida, palabras y oraciones, y en sus manos se cumple un milagro: que aún en el barro, el alma humana puede florecer, que aún entre gases tóxicos y restos de desecho es posible levantar una mirada limpia hacia el cielo.
De este modo, esa iglesia no solo lleva alivio al cuerpo, sino alimento al espíritu, enseña que el amor al prójimo no es una tarea opcional, sino un deber que define la verdadera civilización, porque lo que ocurre en el vertedero no es solo una tragedia social, es un espejo moral, el país que ignora a sus niños cava su propia tumba, se revela la medida real de nuestra humanidad, no en los discursos, no en los desfiles, sino en la forma en que tratamos a aquellos que no tienen nada que ofrecer a cambio.
La tragedia de Venezuela se condensa en este contraste, mientras algunos jóvenes almacenan fortunas de millones de dólares en cuentas de Europa, otros, apenas con cinco años, escarban en la basura buscando migajas del futuro, es la imagen más descarnada de la desproporción, la opulencia que se alimenta del silencio, la pobreza que se vuelve eterna, la injusticia que se normaliza hasta hacerse paisaje común, en ese contraste casi bíblico, tan solo Dios parece mirar con compasión lo que el resto ha decidido no ver, como si el cielo se resistiera a acostumbrarse a lo que nosotros hemos empezado a tolerar.
Así, en esa llanura de humo y cansancio, Apure se ha convertido en una dolorosa existencia del país, en una parábola viva de lo que hemos llegado a ser, un estado que alguna vez se creyó poderoso ahora se ve reducido a sobrevivir entre las ruinas de su abundancia, pero incluso donde todo parece perdido, resiste una semilla: el amor, la caridad genuina, no la de los discursos, sino la que nace del reconocimiento del otro como igual, como hermano, quizás entre los niños de nadie, Dios aún esté escribiendo su parábola para recordarnos que solo quien comparte el dolor del prójimo alcanza la verdadera redención.
Por eso, es urgente que esta realidad no quede confinada al anonimato de los vertederos ni a la penumbra de las periferias morales, es necesario que la conciencia colectiva despierte, que los ciudadanos, las comunidades de fe, las universidades, los gremios y los líderes sociales asuman que esta tragedia no es un asunto ajeno, sino una herida abierta en el cuerpo de todos, solo así la compasión podrá transformarse en acción y la indignación en compromiso, personalmente me ha correspondido escribir esta nota con dolor, y una plegaria en el alma, pensando en aquella frase del poeta Andrés Eloy Blanco, cuando dice que “el que tiene hijos, tiene todos los niños del mundo”, de manera que estos niños también me pertenecen.
Esperando que Dios, en su infinita misericordia, toque finalmente las almas endurecidas por la costumbre y la indiferencia, que ilumine las conciencias de quienes gobiernan y de quienes administran recursos, para que comprendan que no hay proyecto político auténtico que pueda levantarse sobre la desfiguración de la infancia y la normalización de la miseria, y que, movidos por esa luz, las instituciones del Estado, las organizaciones, las iglesias y la sociedad entera se dejen conducir hacia la atención real y efectiva de este problema que es de todos; porque solo cuando estos niños dejen de ser los niños de nadie, Venezuela podrá empezar a reconocerse de nuevo como un país digno de esperanza.
