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Las soluciones a medias no le sirven ni a Venezuela ni a Estados Unidos

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23.04.2026

No se puede negar que lo ocurrido el 3 de enero introdujo un cambio en el panorama político venezolano. Se impuso un tutelaje político sobre el poder encargado y se planteó, al menos en el discurso, la necesidad de avanzar hacia una transición democrática que solo puede culminar con la legitimación de todos los poderes públicos mediante elecciones generales: presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales.

Sin embargo, lo que ha seguido es otra cosa: una transición a medias.

La llamada ley de amnistía es el mejor ejemplo. Se ha presentado como un gesto de reconciliación, pero en la práctica es selectiva e incompleta. Organizaciones independientes señalan que aún permanecen más de 500 presos políticos en el país, incluidos militares, e incluso un menor de edad. Algunos excarcelados no han sido realmente liberados: deben presentarse ante tribunales o enfrentan nuevos procesos, lo que contradice el principio básico de toda amnistía. Otros, en el exilio, siguen sin garantías de retorno seguro.

A esto se suma un problema más profundo: la falta de independencia institucional. La aplicación de la ley queda en manos de un sistema judicial que ha sido parte del aparato de control político, lo que convierte la amnistía en un mecanismo discrecional más que en una garantía de derechos.

En el ámbito económico y administrativo, los cambios tampoco han sido estructurales. La inflación acumulada supera el 600%, destruyendo el poder adquisitivo de los venezolanos a un ritmo que ninguna política de ingresos logra compensar. La brecha cambiaria sigue ampliándose, la discrecionalidad en sectores clave como hidrocarburos y minería permanece intacta, y la recuperación productiva sigue siendo una promesa. En materia de servicios públicos, no se observan avances significativos.

La represión, aunque menos visible, no ha desaparecido. Y lo más grave: no existe aún un compromiso claro e irreversible con la convocatoria de elecciones en los plazos que exige la Constitución.Esto tiene un nombre conocido en la política: gatopardismo. Cambiar algo para que todo siga igual.Ni a Venezuela ni a Estados Unidos les sirve esta fórmula. Para los venezolanos, porque prolonga la crisis económica, social e institucional. Para Estados Unidos, porque posterga la estabilidad de un país clave en el hemisferio y mantiene intactos los factores que han generado migración masiva, inseguridad regional y deterioro democrático.

Las soluciones a medias no resuelven los problemas: los agravan.

Venezuela no necesita simulaciones. Necesita decisiones reales: liberación plena de todos los presos políticos, retorno seguro de los exiliados, independencia institucional y un cronograma electoral claro y verificable.

Todo lo demás es, simplemente, una ilusión de cambio.


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